viernes, agosto 21, 2009

ESTO FUIMOS EN LA FELICIDAD según Liset Lantigua



Por Liset Lantigua

Es difícil abordar la poesía sin sentir que una rasga una seda antigua, intocada, por la que el viento cruza de ida y vuelta poniendo nuevos tonos, obviamente pálidos o grises, o tenues. Una quiere hablar de la poesía, tiene a la mano el método, sus apartados, hablante lírico, tono, composiciones, estructuras, recursos estilísticos, procedimiento, disposición, en fin, todo, y llegado el momento una siente que nada podría agotar las posibilidades del texto, y lo que es aún más grave, siente que no puede rozarla sino con su propia piel, con sus fluidos, y entonces una desearía ser un junco, o un copo de nieve, o una pagoda de aire salobre, cualquiera de esas cosas que conocen sus elementos informes, porque todo lo demás anda lejos. Entonces una trata de recorrer estos ambages en puntas de pies, como la niña que la noche se llevará tras la travesura, y de la que no quedará sino un poco de polvo sepia sobre el papel. Porque lo trascendente, lo perdurable, está en la obra. Y lo que debería servirme de cierre para que su autor me recordara, tengo que decirlo al comienzo pues todo cuanto pueda caber en mi estudio será exiguo. Este es un libro bello. Pocos he leído tan unánimemente logrados, tan trabajados, tan genuinos y madurados. Su autor es un poeta, lo cual no se consigue con la escritura de poesía, ni siquiera con la publicación de libros, pero él con uno de los poemas de “Esto fuimos en la felicidad” al azar, en un papel de estudiante tembloroso, escrito a mano como hace siglos, me hubiera arrancado esta afirmación, no se diga con el libro. Sin embargo Javier, habiendo escrito esto, debería tener 120 años, haber nacido en Kioto, y sobrevivido a la intemperie de lunas y lunas antes de grabar las minuciosas hojas, los frutos, las colinas, las alas incendiadas de los insectos, las rocas escarpadas bajo la primera nieve de un invierno que empieza en el sol. Pero Xavier Oquendo no es ese viejo artista, sino uno más viejo todavía, nacido en Ambato en 1972, autor de más de ocho libros, la mayoría poesía, y de “El mar se llama Julia”, novela publicada recientemente por Grupo Editorial Norma y a propósito, es bueno ver que se publican libros cuyo principal logro es el trabajo con la palabra, el estilo, ahora que lo que importa son los efectos de las historias contadas del modo más lineal y plano, pero claras y entretenidas. “El mar se llama Julia” entretiene, sin dudas, pero recrea porque es un libro inteligentemente tramado y de una prosa cuyo lirismo delata al poeta que está, felizmente, antes que todos cuantos puedan habitarlo: narradores, actores, periodistas, magos, cantantes de ópera, etc…
Y en fin, tras este paréntesis que también pudo ir al final, procedo a comentar el nuevo poemario de Xavier y por el que estamos reunidos aquí. “Esto fuimos en la felicidad” ocupa dos zonas en dos cuadernos: El diario de los bíblicos y Nostalgia del día bueno. La transición de un cuaderno a otro contiene el eterno gregarismo que da paso una individualidad que solo puede ser triste. Como toda existencia vista desde otro risco, en un distanciamiento pastoral, lo que parece ser auténtica sabiduría, praxis, metafísica, un yo lírico que es todos y siente todo y lo precisa todo, es apenas el velo que ciega, que impide la mirada y la reemplaza por el discurso. Una elaboración ulterior, ambigua, como lo es la conciencia del “todos” nutrido por una savia que dijo lo dicho y lo hecho en las parábolas justas, las que completan nuestro mito creacional y colocan la suerte y la obra en un orden aleccionador. Son los grandes temas los que ocupan el espectro de asuntos de esta obra. En el primer cuaderno la impronta del paso del tiempo labra ferrocarriles donde hubo una mano y su cuerpo al final, asimétrico. En sus trenes viajan las ánimas de ojos idénticos que idearon el éxodo, que lo anticiparon entre mirra y aceite. Pero son adolescentes y viajan el extravío de la edad, del aborto en una vejez que no les concierne, que se enrosca en su vacuidad y en su ternura. Lo que fuimos desde la perspectiva cuantiosa de la amistad es la idea entorno a la cual gira esta parte del libro. El pasado como ese éxodo contrario, infructífero, alimento de la nostalgia de lo que pudo ser y no fue: “Queríamos ser los apóstoles del mundo” (Mochileros), y con ello el desarraigo y la transitoriedad. “Somos un puñado de barbados / en el regreso hacia el hogar” (Farra)
El orden de la vida desde los arquetipos preconcebidos, inútiles, cómodos en una lógica evolutiva que no sirve para nada más: “que sólo éramos nómades del pueblo hebreo y que, antes de encontrar la tierra nuestra, debíamos hallar a la mujer (…)” Y más cercano al ser: “Los amigos dormidos, amontonados como un pozo de trinos” “Los amigos nos visitan cada fin de semana. Por ellos y por nosotros pintamos de mostaza y azul las paredes hasta cambiar de sentido el nuevo universo y ser otros, otra vez” (confesión)
El deseo de quebrantar al arquetipo se hace evidente en la necesidad de recoger los modos con que la vida se presenta: “La reina de Saba: la buscábamos en el balcón de Julieta, Es hija de Darío, en su boca actuó Greta Garbo, Tuvo amigas en Roma”. El lugar ha sido nombrado otra vez. Vuelve la esquina como el punto de encuentro, como el ojo de agua o el sitio de comunión: “Allí vivimos noches mil y una / allí asomó Aladino y su mal genio / allí éramos más grandes que el destino”. (La bohemia). En medio de este vagar por las sombras del tiempo ido, la historia retorna en ese vicio consuetudinario de hacer con la misma arcilla el recipiente, nunca tan bien pulido y amasado como lo fuera antes: “Quiso recuperar el tiempo perdido, pero ya aquel tiempo pasado fue peor” (Diagnóstico reservado). O en “Abriré, como el abuelo, / el mar de los misterios / y quedarás en mí, siempre, / como un tatuaje áspero”. Y una permanencia per se de la caducidad: “Nos quedamos los de siempre, solos, pero firmes”. Y lo paradójico es que es cierto.
En el primer cuaderno se aprecian además los contrastes de elementos bíblicos y hechos de la vida cotidiana, parábolas que juegan con la polisemia de lo ambiguo. Un afán por reunir, por reintegrar al árbol la manzana, parafraseando a Valery, por probar que en ese suceder de la supervivencia una y otra vez asomamos con los mismos dioses, y con el dios de todos sobre la nada informe y caótica: “He venido a conquistar la tierra prometida de tu vientre” (El segundo de abordo). Y con ello la lid inaugural con la que azolamos al tiempo: la resistencia: “La cómplice radio nos canta: / despiértame / cuando pase el temblor / y cuando pase el olvido, claro” (Colegio de monjas). De Judas: “Nos abandonó. Se fue sin decir nada / hasta el pozo sofocante del olvido”. (El héroe). De lo que Jonás encontró “Un mundo en el que había explotado el olvido”. (Del que se fue). Y no puede faltar lo que los jóvenes griegos usaron para el arrepentimiento: la anagnórisis, la culpa, porque no seríamos sin ella, sin el miedo que pende del gajo cercano a la casa, a la pupila, a la inocencia que nos guarda en la soledad de las noches: “Los amigos no hicieron caso omiso / de la ley de mis palabras. / He decidido sacrificarlos”. (Cédula) Y en ese escenario que se va completando por grietas y adoquines aflora la ciudad, su vulgar modernidad, su hastío: Jonás encontró “Una ciudad autista con metro y otra, paranoica, con / tranvía” (Del que se fue) La ciudad de las múltiples puertas que dan a una tierra que es la misma, su cerrazón: “El frío de esta ciudad cerrada / nos abre la puerta” (Farra). Y la ciudad de la aplicada nostalgia: “En este lado de la ciudad / donde el sol es poco menos que un minuto, / estuvo el café de nuestra edad”. (La Bohemia). Entre el pasado y los huesos de ahora queda la música. Cabría preguntarse: ¿Qué sería de la ciudad sin su música, del tiempo sin su música de rieles y balaustres, sin sus hojuelas de arroz y su tintineo? “Somos el perfume de la canción que nos suena” (Campos de pentagrama) O “En medio de nosotros habita la música y un cierto olor a café negro” (Años). Y el amor, sumido en el fracaso de su urdimbre, pone la trampa: “Ya no hay a quien cazar en esta noche” (Cacería). El fracaso con sus paredes de alabastro: “construimos una casa enorme que nos cayó encima” (Las monedas). Y todo lo humanamente sabido y sentido es arrojado al mismo derrumbe-naufragio: “Un día se fue (la madre del dinero) y nos dejó unos cigarrillos para las penas” (Las monedas). Javier hilvana en los versos de este cuaderno las señas y signos de los suyos, al pie de la estación, viendo los mismos rostros, las mismas venas en una pulsión de no vida: “pero el automóvil no fue suficiente. Había que encontrar ese aire que nos mueva los cabellos engominados. Ese halo de niebla que nos pase por la frente y nos haga saber que no éramos tan guapos, que no éramos dechado de virtudes”. (Chicos cocodrilo) Más evidente aún en Mochileros: “Y los cangrejos, que tenían una marcha tan parecida a nuestra dolorosa vida de amanecer”. Sin embargo eso era la felicidad. El discurso mantiene un yo lírico plural, desde lo melancólico.
NOSTALGIA DEL DÍA BUENO es un cuaderno prolijamente armado, en el que abunda el deslumbramiento como si la nada anterior marcara la cadencia de asombro en asombro: “Por primera vez la nieve” (El ignorante). El frío llega con su conciencia presagiosa del dolor ante el descubrimiento de un mundo que comenzó en el sueño. La contemplación de quién abre los ojos por primera vez, lejos de la mirada gregaria del primer cuaderno de este libro. En esta parte se instala la individualidad del yo lírico como para quedarse, y hay en ese retorno al yo único, solitario, individuo, una pluralidad que le devuelve la voz y la vista a quien antes hiciera eco de una sabiduría impropia. En este lirismo depurado, y con casi una absoluta economía de palabras, está lo mejor de cuánto se dice en este libro. De Residencia de estudiantes quiero leer unos versos que dan cuenta de ello: “Esos poetas / esas semillas / y esos ventarrones / que se ven desde la /Residencia de estudiantes /donde un día los hijos de los poetas / pensamos en nuestros hijos”. En estos versos nos acercamos por primera vez a la trascendencia en correspondencia con la vida misma, la transferencia de lo anhelado a la realidad consumada. Vuelve la soledad que proporciona un aire, como otra presencia machadiana, “en estas soledades me agito, y tomo un aire que no alcanza a ser, pero acompaña”. Lo que tiene de japonés este libro está esta parte, y es mucho: “Todo el hombre que llevo / se halla enlatado en esta mañana gris / que no convence a la piel”. En (túnel de invierno) hay un acercamiento a lo pedestre de una cotidianidad que podría ser bella, pero no se puede vivir la sublimidad de lo bello en la boca de un túnel “que me come íntegro en un sueño espeso”. Nostalgia del día bueno merece nombrar esta parte, un poema elaborado desde una inconsciencia dictada, maravillosa. Frío de extrañezas es un poema pleno de honestidad, en ese amor que retorna al hijo a través de las evocaciones, y las extrañezas justifican una mimesis que vuelve informe todo ante el recuerdo. Nada más que decir. Me he visto, en razón del tiempo, obligada a obviar poemas del libro, porque todos darían de qué hablar. Lo dejo en sus manos, incapaz yo de decir con tanta honestidad lo que fuimos en la felicidad, y convencida de que su autor, tendrá que decir, quizá muy pronto, lo que fuimos en la tristeza, y sonará feliz, sin dudas. Y mientras tanto, que el sol siga alumbrando sus habitaciones.

2 comentarios:

Antonio Vidas dijo...

Su libro discurre entre la certeza y la nostalgia:pasiva felicidad pero, con un hondo compromiso con la melancolìa.
Son pocos los que se atreven a difundir este sacrificio,cuando la mayoria,-habemos-,entre lo amargo y hecemos de la soledad una pose literaria.Felicidades por usted Xavier. làstima que viva lejos para estar màs cerca de su literatura.Y de antemano, le agradezco su visita a mi blog.Jacinto era una deuda a mis lecturas juveniles y un clamor de denuncia al olvido.Yo tambièn escribo poesìa, o por lo menos, jubilado en el silencio....Buen dìa Xavier.

Sonia Luz dijo...

Felicitaciones por el nuevo libro. Un abrazo enorme desde Lima