jueves, agosto 20, 2009

Algunas pistas para encontrar la felicidad


Por Juan Pablo Castro

Donde el amor esté,
estará ese pájaro adherido a un árbol.

Javier Oquendo Troncoso
Estos fuimos en la felicidad


Si alguien me preguntase cómo definiría a Javier Oquendo Troncoso. Tendría que responderle, casi sin dudarlo, que me parece un pájaro. Y su poesía, por eso mismo, el vuelo fulminante de un ave retozada.
Aunque la metáfora resulte demasiado animalesca, no encuentro otra manera, desde mi particular mirada de pedestre lector de poesía, de acercarme a los textos del poeta Oquendo Troncoso.
Hay una mirada aérea que se desplaza por el territorio de las emociones, un aleteo persistente, casi obsesivo, en el caso particular de Eso fuimos en la felicidad, el libro que presentamos esta noche, que nos remonta al pasado. Es un vuelo nostálgico, sentido, hacia la maravillosa telaraña de la memoria donde yacen algunos cadáveres que todavía soplan algo de vida, como muertos vivientes del cine de Hollywood.
El novelista recrea ese universo memorioso a través de las herramientas de la ficción. El poeta, parecería que está viviendo ese pasado, pero distanciado en el ejercicio propio de la creación. Esta, que suena a paradoja, o a retórica, creo que da algunas pistas para poder entrar en las páginas de la poesía de Oquendo. Al menos son mis pistas, o, si ustedes quieren, las huellas que me invento para poder seguir la textualidad.

La primera pista tiene que ver precisamente con esa necesidad de regresar. Este vuelo hacia el pasado justifica, o pretende justificar precisamente lo que somos. Eso fuimos para ser lo que ahora somos, parece decir el poeta:

Decidimos tener novias. Ir a cazar entre las fieras la que más cercana se halle de nuestro barrio. La que logre aposentarse en nuestras ansias.
Pero la libertad del viento y unos tragos nos atrapan. Atrás quedan las muchachas vestidas de amarillo. El deseo se opaca.
Somos los feos que buscamos la flor en la orilla del charco.

Entonces, imaginarse el pasado, vivir ese pasado en el segundo de creación para aventurarse en el poema como un ser del futuro, un pájaro del futuro que se apropia de una conciencia suficiente que le permite asumir su condición pasajera, pajarera. Y la flor, un atisbo de la esperanza, la idea hecha objeto de la belleza.

La segunda pista está dada por ese acercamiento a la cultura pop. Al cine, a la música. Así la poesía, esta poesía de Oquendo Troncoso, se convierte en un monstruo que devora la carne de los otros. Y, en ese acto se salvaje nutrición, se disemina, abre sus alas, surca por otros cielos textuales.
Dice el poema:
Y llegamos a tener un automóvil. No era una descapotable como el soñado en una noche mojada. Era un modelo en blanco y negro. Lo pintamos con su propio brillo.
Desde el retrovisor de nuestras ansias vimos el mundo. Éramos James Dean en nuestro mito: nos peinábamos con brillantina a ver si las mujeres nos amaban.

Este poema tiene un epígrafe de David Summers, el vocalista de la ya casi desaparecida banda Los hombres G, que marcarán huella en los maravillosos años ochenta.
Epígrafe y poema, entonces, resultan evidencias de una necesidad hambrienta que tiene el poeta por acercarse a otras carnes. Y, aunque en el acto de la invención se da el lujo de crear un mundo que por estos lares quiteños nunca existió –un verano eterno digno de un descapotable-, me parece de una limpia sinceridad. Tampoco James Dean marcó una impronta en nuestras particulares subjetividades, pero, por los vuelos propios de la poesía, aparece aquí como la encarnación de un sueño, quizás de una ilusión como la linterna mágica, uno de los juguetes que prefigurarán el nacimiento del cinematógrafo.
Además el guiño que hace al poeta a una banda de los ochenta, no solo parecería reflejar esa condición de nostalgia, de testimonio epocal, que aparece por la conciencia del yo poético, sino que reafirma la multiplicidad de variantes emotivas que pueblan el universo cultural de estos días.

En el poema Colegio de monjas, encontramos autos, cometas Halley, Marylins Monroe, y llegamos, ya con el corazón jadeante, a la música pop también de los ochentas. “Despiértame cuando pase el temblor, y cuando pase el olvido, claro”, termina el poema haciendo referencia a Soda Stéreo, la banda argentina que haría temblar a los jovenzuelos quiteños de los ochenta que, desgarbados y lampiños, acudíamos a sus conciertos o comprábamos los discos originales, cuando la piratería era exclusivamente un negocio de los mares.
Y, así, como un mosaico virtual se han juntado signos de la cultura universal. La poesía de Oquendo, a partir de esta búsqueda estética, se desprende, para bien de todos, de los devaneos ceremoniosos, abstractos y pretenciosos que pueblan ese consagrado deber ser del poema. Para nada, en estos versos la vida, y el mundo de la cultura, se vuelven próximos, luminosos. La hermosa diva, la narcotizada diva del cine, que muriera junto al teléfono, y el siempre temido paso del jadeante cometa, se juntan como cartas de un mismo naipe.

En este ejercicio poético, es posible encontrarnos, además, con una mezcla, tan fulminante como la que se dan entre un gin tonic y dos tragos de zhumir coco. Así, deidades absolutas, hebreos y artistas del star system se abrazan, se dan la mano y salen caminar por los versos. Jonás con Sinatra. Platón y Nerón. Dios y Greta Garbo todos juntos en una ceremonia vibrante, en un vuelo medio alucinógeno. El poeta, ya no de terruño, se lanza al mundo, habitante a fin de cuentas de estos tiempos posmodernos. Porque, si no, de qué otra manera se puede comprender la cultura en esta época que nos ha tocado vivir en suerte: precisamente como la superposición de capas, sentidos, pliegues diversos de signos que provienen de todas las culturas del mundo. De ahí que prohibir las fiestas de Hallowin, porque supuestamente son enajenaciones, es igual de torpe que impedir el agua en el carnaval. Las dos expresiones, aunque algunos ingenuos burócratas no lo crean así, son elementos de la cultura, aunque sean disfrazados o a punte de bombazos aguados.
Regresando a la poesía de Oquendo lanzo ahora la última pista, debería decir mi última pista, para entrar en este libro: Hay una evidente y golosa presencia de un yo poético colectivo.
Desde ese “Decidimos tener novias”, con que inicia el poema Cacería, hasta el “Hemos estado siempre juntos” del poema Años, es evidente una voluntad estética por hacer que la voz plural sea la que impulse el poema. Aunque la individualidad del poeta nunca desaparece, el colectivo que se encarna en lo que Oquendo Troncoso llama “los bíblicos”, parece alzarse con vuelo mayor.
Dice el poema:

Hemos estado siempre juntos. Comimos mazmelos alrededor del fuego y fuimos testigos del descubrimiento del frío y de los carbones de la noche.

Hombres del mundo reunidos en la fogata. Esta, que parece la imagen de una película de aventuras, o uno de los clásicos de Jhon Ford, resulta para mi modo de ver, una de las claves, de las pistas, para comprender la aventura estética, el vuelo creativo, que Javier Oquendo Troncoso ha emprendido en este poemario. La voz plural, el colectivo humano que se junta en un ritual nocturno, con las volutas de fuego y los rostros en la semi penumbra, resulta así la prueba flagrante de un humanismo que se resiste a su descomposición. Y “los carbones de la noche”, la proximidad al cosmos: principio originario de todos. Somos hijos de las estrellas, decía el genial científico norteamericano Carl Sagan, y esa premisa se evidencia en este entrañable verso.
De ahí que, en ese tránsito existencial, en esa presencia de la amistad que junta a los hombres, el poeta pueda concluir, sentenciase a sí mismo, en unos versos más adelante, en el escalofriante poema El yo del frío, cuando dice:
Hoy el hombre que llevo
no quiere deshacerme
ni empujarme a su vacío.

No el monstruo que pugna por salir, que refiriera Mayakobsky, ni el insecto de Kafka, o los hijos extraterrestres de Allien. No. Ese hombre que lleva dentro el poeta, es la suma de todos los hombres del mundo, y de la historia que los registra.
Así, el poeta cumple con su misión, con su sentido de ser y se alza, alas abiertas y mirada fija a cuestas, hacia otras latitudes, aquellas en las que puede finalmente alejarse del vacío.

1 comentario:

Martín dijo...

Quiero un libro!