domingo, septiembre 20, 2009

LOS DIEZ VERSOS QUE DIBUJAN A “MAYO DEL 68 (¿Siglo XXI?)” de Jorgenrique Adoum



(Texto de presentación del poemario de Jorge Enrique Adoum)

El Poema Mayo del 68 (¿Siglo XXI?) es un estupendo poema de amor, empacado en ese contexto, casi cinematográfico, en donde un hombre está amando, mientras la ciudad se mueve, se agita, se revoluciona, como nunca antes lo hizo.

La voz poética de este emblemático poema de Jorgenrique Adoum es un grito silencioso, que no se deja notar, porque no hay a quien gritar. Ella, la sombra de esa voz femenina que se siente en el poema está lejos ya. Se ha ido, Y París y la voz poética enamorada se han quedado sin ella. Mientras que la ciudad vive uno de los más bellos procesos de la historia: el famoso mes de mayo de 1968, en una ciudad a la que el mismo Jorgenrique Adoum califico como “morgue de lujo”, en donde no pasaba nada. Ni siquiera “la línea equinoccial”, entonces la vieja Paris un día decidió volcarse, refundarse, discurrirse. Y allí estaba el poeta Adoum, trabajando, en esa época, en una de las oficinas de Radio y Televisión de Francia (ORTF). Allí estaba él, triste, porque una mujer se había marchado de París, según él mismo lo ha confesado: “Este texto no fue escrito en el momento del entusiasmo o de la alegría, lo escribí cuando pensé que el movimiento pareció no haber servido para nada. Además coincide con la partida de una mujer a la que yo quise mucho. Tuvo que viajar a la Argentina y no pude disfrutar con ella esos días. Por eso el texto comienza: “Nuevamente como Adán cuando aún tenía impares las costillas/ se me ha vuelto a llenar de libros la mitad de la cama”.
En la época aquella, justo en el año aquel, las circunstancias del poema no eran las de retratar a Paris y a su postura revolucionaria, o también, pero no era lo primordial, o tal vez, pero no fue así. Ni era tampoco, la de salir, la de pintar un grafiti, la de vivir el momento con tensión y pulso. Eran tiempos, más bien, de derrota y de poesía. La revolución la hizo Adoum con las palabras, y con sus versos vivos, que se han quedado en las paredes de quien lo hemos leído y lo seguiremos leyendo con fruición verdadera.
En medio de la revuelta de Mayo del 68, en ese clima de abrazos, de gritos, en el que los desconocidos se hicieron amigos de los otros desconocidos, los autómatas que cruzan las calles sin ver a los otros, ahora se habían dado cuenta que los otros también existen, que son parte de sus sentidos, que están y que, en ese caso, querían lo mismo.
Jorgenrique siempre dijo que el clamor de la huelga en Paris del 68 fue “Prohibido prohibir”. Allí estaba la riqueza de aquel momento, en saber que lo prohibido era lo hermoso, y que lo verdaderamente prohibido es solo lo imposible. Una época en donde todo se paralizó, en una ciudad como Paris, conseguir esto era casi una cuestión imposible. No funcionaba el Metro, se cerraron escuelas y colegios, los trabajos en general se habían suspendido. Pero, por el otro lado, la policía también había contribuido a fomentar el miedo. Aunque el miedo siempre, o casi siempre, es el primer paso de la libertad.
El poema Mayo del 68 (‘Siglo XXI?) y Agosto es el mes más cruel conforman el pequeño libro conmemorativo, publicado por editorial “Archipiélago”, en versión bilingüe, traducido por Nicole Rouan, editora siempre exquisita de la obra del maestro Adoum.
El libro fue impreso como texto separado exactamente a los 40 años de mayo del 68. En el 2008 volvieron a cobrar fuerza los dos poemas, escritos en 1968 y publicados por primera vez en el libro “Curriculum Mortis”, uno de los libros de poesía más importantes de Jorgenrique Adoum.
Cuando le preguntaron al poeta qué queda de aquel tiempo, él responde: “Si hubiera que resumir en una palabra, yo diría que queda la esperanza”.
Y además, y por suerte, a nosotros nos queda mucha literatura, y, claro, justo este libro, y de este libro, el primer poema. Un bello poema de amor, rodeado de la atmósfera de aquel momento. Un poema cinematográfico.
El poema está escrito con versos largos. Cada uno de ellos es casi un epigrama. Diría que Adoum quiso utilizar esa secuencia del “grafiti francés”. Aquella de:

- Corre, camarada, que lo viejo te persigue.
- El estado es cada uno de nosotros
- Seamos realistas, exijamos lo imposible

Los famosos grafitis que dieron la vuelta al mundo, amparados en un contexto de cuento postmoderno.

Del primer poema he escogido versos preferenciales de Jorgenrique. Versos que leídos así, solos, sin el andamiaje de un poema, pueden ser percibidos con la misma fuerza y exquisitez que en el contexto general de un poema: en una blanca pared.
Como tratándose de una película, la edición de una antología de versos que nos resuma su fuerza, que nos dé a entender la misión de un poema. Esa comunicación, ese secreto ininteligible de la poesía. Ese misterio del que Octavio Paz tanto hablo solamente para dejarnos en la misma vereda del misterio: en la poesía.

He aquí los diez versos de Adoum:

1. Nuevamente como Adán cuando aún tenía impares las costillas

El Génesis del poema es el símbolo del Génesis. Una voz poética completa, pero sola, Porque solo en la soledad uno está completo: el amor nos incompleta, el amor nos divide y nos vence. En este poema donde el amor no triunfa, porque no hay un gran poema en el que triunfe. Ariadna y su hilo laberíntico es la excepción más bella y difícil de una historia de amor.
En París, mientras se escucha el grito de triunfo, la soledad de la voz poética es una derrota a sí mismo, así, juntando las costillas del mito hebreo y esperando que la mujer se haga, se recree, se junte.

2. Tú hablabas de la doble soledad de no poder estar sola

Ahí está el encuentro. Ahí la profecía. Ahí ya se juntan dos vidas, dos seres, dos manifestaciones, que saben, que están seguros que en el amor, siempre hay soledad. Y que en la soledad siempre nos volvemos profetas de una soledad más sola, de una soledad más sentida, que es sabernos solos en el montón. En el ruido de París, donde el mundo entero estaba junto.

3. Ahora no hay más solo que yo, tal vez Caín con su guitarra

Otra vez el mito hebreo. Otra vez la soledad de la voz poética. Imaginemos al hermano asesino más famoso del mundo tocando una guitarra, como sinónimo de compañía. Como desfachatez. Como ser feliz, o mejor, utilizando el otro verbo: como estar feliz si no tengo con quien compartir el hecho, si no puedo compartir el hecho. Si la causa y el efecto siempre serán efecto y causa de lo mismo. Entonces es mejor solo, porque en la soledad es más fácil creer que el oro esta feliz. Siempre más feliz que el uno.

4. …las armas de la crítica pasan por la crítica de las armas

Verso para estar escrito en las paredes de París, hace más de 41 años. En esa soledad, en esa tristeza, el agresor, el agrio zumo de la policía, de lo oficial, frente a los estudiantes que hicieron barricadas en Paris para librarse de las bombas del oficialismo, mientras la Sorbona estaba llena de hombres y mujeres que querían vivir su soledad con dignidad. Al menos eso. Y eso es mucho, y eso es bastante. Y eso es todo.

5. Me duele no estar herido de odio oficial sino de adioses

Verso clarísimo que justifica que el eje del poema es la historia de amor no hecha, no consumada, apenas explorada más con el sentido, con la trascendencia. Amar, mientras el mundo explota, amar mientras se cambia el sistema, amar mientras que arregla el mundo. El odio oficial no era tanto como el dolor de no haber podido amar.



6. Mientras tanto el otoño te empujaba hacia mí con hojas en el pelo

La añoranza, el recuerdo, y la poesía verdadera. La poesía con toda la técnica y toda la lírica y toda la carga de significaciones. La poesía con todo. Rompiendo los muros, quemando las naves, cercenando a la historia. La poesía es lo que queda. La poesía es lo que importa. El pretexto: París, una mujer ida para siempre. Una voz poética solísima y el amor en todo esto, mezclando el medio ambiente con su carga de pájaros.

7. La muerte es necesariamente una contrarrevolución

Otro verso grafiti, otro verso que no contrarresta al amor, que no se aleja de la soledad, del frío, de la desesperación. Que no se aleja tampoco de Mayo del 68, de sus disturbios, de sus entretelones revolucionarios, con poca sangre, pero sangre al fin.
El mismo Adoum nos dice en otro de sus grandes poemas “El amor desenterrado”: “Hacerla el amor igual hacerla morir”.
He ahí el fundamento de la vida. El símbolo real del amor y la muerte.

8. …la poesía, o sea la verdad

Bello verso-hemistiquio de Jorgenrique. Solo la poesía, lo demás es un pretexto, una alegoría. Todo se olvida, solo se queda el poema, la anécdota es una condición del texto que no hace falta saberla. La poesía se deja mirar sola, como una roca en mitad de la playa, que antes pudo ser una historia de amor. Y de hecho creo que debe haber sido, una roca en la playa, una historia de amor.

9. Solo la verdad es revolucionaria

Otra frase de grafiti. Otra frase sentenciosa, severa, contundente. Un verso de esos decidores, sin caer en la interpretación. Ni siquiera el amor es revolucionario. Solo la verdad, aunque el amor sea verdad, pero no siempre es duradero. La chispa del amor se acaba y el amor era un tiempo, una época, una estación. O como diría Adoum: Era el otoño.

10. Tal vez de tanto tocarte te he envejecido un poco

En este verso se deja ver el tiempo, la lucha con los sentidos, con la exploración de su recuerdo. Difícil que el amor dure eternamente. Eso está bien para un cuento de hadas. El amor es revolucionario, siempre y cuando no se nos borren las caricias, los besos. Pero es imposible aquello. Es difícil no ser sin ello. El envejecimiento de la voz poética por consecuencias táctiles es una hermosa metáfora del olvido.



Este par de poemas nos llevan, entonces, no a una época, si no a una historia que es la de los hombres y las mujeres del mundo. Y de eso está hecha la poesía también, además de las palabras. Y de esa llama encendida que nos dejó el turquito. De esa llama que el maestro Adoum nos regaló. Y que es indescriptible, impredecible, inmune a nosotros. Como Dios, eso, como Dios, así es la poesía.

Ni más ni menos.



Xavier Oquendo Troncoso
Quito, 31 de Agosto del 2009

sábado, septiembre 19, 2009

Presentación de La encarnada poesía de Neli Córdova Neli



La palabra del poeta siempre será y es errante, se nutre y vive en los márgenes y desde ellos se transporta a un no-sitio, en un no-espacio. Relievo la negación porque el oficio, como lo dijo el gran César Dávila Andrade, es una experiencia imposible, y no por ello menos real.
Lo hago porque, en ocasiones, se confunde al poeta con un mero descriptor o repetidor de la realidad, como si existiera así en mayúsculas, mas, la irreverencia se da en el momento en el cual el poeta crea “su” universo, siempre inarmónico, siempre fragmentado; nunca buscando completar algo porque no hay nada que completar en una existencia bullente, cambiante, laberíntica.
Desde esta perspectiva, entrar en La encarnada se convierte en un deleite, en un permanente asombro, en una huida y un encuentro con un yo poético que espera, que aguarda por su destino y que se rebela y se encuentra, y al hacerlo deja en el polvo del tiempo versos intensos, de fuego y puños cerrados.
Les invito, pues, a un viaje por La encarnada, aquí se irá descubriendo algo de su valor, más que conceptualizando fríamente la poesía de Neli, que de eso ya se han encargado, con más o menos suerte, los críticos y sus criterios pueden leerlos en el libro que estoy presentando. Lezama Lima aseguraba que definir es cenizar, y lo que menos quiero ahora es eso: matar las infinitas posibilidades de lectura de un poema. Más bien quiero recalcar que esta poesía, la de Neli, nos acompaña, nos cobija con su dureza y nos conmueve con su equilibrio, que no termina ni se limita en la conformación física y estética de las palabras en el papel, cuestión ya ejecutada por Apollinaire y tantos otros; tampoco se agota en los versos puestos en negritas que dan nombre a cada poema y son, al mismo tiempo parte de ellos; ni en el hecho de que la unión de los títulos del índice conformen un poema, y, finalmente, tampoco en la creativa utilización de los hemistiquios. Quiero decir que todos los elementos que he nombrado carecerían de utilidad, o se quedarían en el simple placer lúdico de intentar ser diferente, si no fueran acompañados del fuego que late en cada verso de La encarnada; que sobrepasa la novedad y se instala en un lugar fuera de la historia, fuera del tiempo, para ser gozado, disfrutado, sufrido y bebido por los lectores.
Tampoco puedo decirles de qué trata el libro, típica pregunta que busca encasillar, limitar y etiquetar a la poesía, que precisamente es lo contrario, un canto a la libertad.
El poemario tiene dos partes: 1) ala y gris , 2) ala y púrpura.
Y comienza desde la devastación, desde la certeza de que la incertidumbre es el único sino posible, más allá de teorías o verdades establecidas, nos queda la nada. Así:

añejar besos entibiar rosas trigos mares
nos pertenece ‒ nada
ni altares dentro del cuerpo
encantado pedestal luz diamante
coloración mágica de piel
ni el recuerdo
busca el verdugo nuestro cuello como si aún
estuviéramos colgados
en viejas rocas en secos árboles

Devastación que empieza por el yo poético, por esa encarnación furiosa pero consciente, que mira desde una oscura lejanía el mal que se acerca y la consume:

libando de mi boca se sientan sobre mis ojos
vierten salmuera en mi garganta calcinada
ven revolar mi nombre
de pasajera extraña
me increpan me lapidan

Y continúa la clausura de cualquier esperanza fácil porque el yo poético ha entendido, más allá de las quejas y remordimientos, cuál es la vana sustancia de la vida: Y dice:

nadie brinda
nadie canta
nadie duerme
nadie levanta su cabeza
nadie mira el amanecer

Y al decirlo hace más que describir; apunta y dispara al centro mismo de la vida contemplativa, acertando con esos versos y haciéndonos tragar seco, reconocernos y apabullarnos en este amanecer, levemente visible, que se esparce en estos versos y busca una salida, un abandono, que precisan una caída para levantarse con más fuerzas y volver a tropezar.
Precisamente ese nadie, que no tiene carga peyorativa ni falsamente exclamativa, sólo precisa una verdad, remarca el cúmulo de soledades; sin embargo, se mantiene en la cuerda floja, a pesar de todo, camina, cree, avanza. En esa cuerda floja que subyace en la nada, en una nada existencial y a la vez ínfima:

en el centro del mundo no hallo
tumba vacía
nadie en mi delirio
este vacío no es solo vacío
es un sucio en ojo vacío

Al principio señalé que la poesía de Neli no quiere descubrir ni enmarcar ni describir la realidad; al contrario, como en toda poesía, lo que se busca es desprenderse o más precisamente encarnarse; cuando la carne es mucho más que la piel y se convierte en la metáfora del no ser. Y el yo poético, a esta altura ya profundamente intenso, dice:


nervios desatados gritos inútiles
enfermo animal no recobra su sentido
todo herejía / todo secreto camino a la verdad cerrado
nadie quiere estar contigo conmigo ni consigo estar


La poesía no puede compararse con ningún otro discurso, con ninguna voluntad únicamente comunicativa. Entonces el yo poético se confiesa y señala cuál es su no sitio, su espacio de defunción y agonía:

saqueador asola
quitaron de nuestra boca frescura uva arrozales sabor
nada conmueve al adicto mundo en agonía

En ese contexto, la pregunta de la poeta es válida:

a qué infierno a qué frontera va nave perdida

Infierno, frontera, ambos desarticulados, difusos, acogen al navegante, sin certidumbres pero firme hasta aquí, como en otros anteriores libros poéticos de Neli. Ante la imposibilidad, y pese a todo, el yo poético no cae en el cinismo ni en el hermetismo vacuo, intenta salir, se revuelve, busca en el recuerdo, se humaniza en él, y a la vez acepta el movimiento, la sinuosidad:

para qué guardarlo intacto en mi memoria
si él viene a mí sin él

A mi juicio estos dos versos son clave en el poemario, prefiguran la imposibilidad de aprehender una realidad y también señalan el artificio de la palabra y la relación con el poeta, que, en este caso, cultiva y desafía el statu quo y se atreve a crear desde su disposición en el mundo, desde la inquietud que subyace en su espíritu. Y como los poetas comparten una memoria colectiva, sus versos y sus preocupaciones están ligados a un imaginario que traspasan el tiempo y a la historia y se instalan en un cambiante firmamento; los versos antes mencionados trajeron a mi memoria otros, de otra gran poeta, la cubana Nancy Morejón, que en su libro Mutismos dice: “No hay esperanza. No hay dolor /Soy sin mí”.

Hasta aquí la primera parte, la evidencia, el reconocimiento; ahora comienza la transformación con la segunda parte del poemario: ala y púrpura.
El poeta Juan Gelman suele decir que la poesía otorga preguntas no respuestas, es decir, es un campo virgen por el cual camina cada lector. Y Vicente Huidobro anhelaba “que el verso sea como una llave/que abre mil puertas”.
De ahí que el yo poético de Neli hable de alguien que la ha despojado, la ha quitado, la ha violentado, sin describirlo. Y se habla de fragmentaciones, de rupturas, del curvilíneo camino de la estancia. Pero ella, La encarnada, está viva, cruelmente viva:

cabezas picoteadas por águilas inventan inmensa puerta
casa soledad para la encarnada la que regresa
la que respira aún fruta vana la única sin nombre
perenne sin perdición tiene estrías guardadas
en estío

En este punto cabe resaltar la intención de la poeta: el crear un universo particular, tanto en el fondo como en la forma, sin artilugios ni baratos juegos de espejos. La poesía de Neli reclama un lector activo, que responda y se conmueva. Porque este poemario combina el sentimiento con la razón, con la estructura de una compleja red visual y sensorial. El poeta español José Bergamín solía aconsejar “ser apasionado hasta la inteligencia”. Y Mario Benedetti añade: “ser inteligente hasta la pasión”. Estas dos cualidades se riegan por La encarnada, sobrepasan la mención de la originalidad, y se instalan en el centro del lector, para removerlo e instarlo a leer, a sentir, y de cierto modo a encarnarse. La poesía es revelación y en esa revelación debe estar presente el lector, uno libre, despojado, sin prejuicios, únicamente dispuesto a dejarse llevar por estos poemas encarnados.

Menciono esto porque la primera lectura de La encarnada deja rastros de una particular musicalidad que inquieta, te hace pensar. Las lecturas posteriores afirman a la primera y dejan ver los elementos ya enunciados en este comentario, dispuestos casi matemáticamente y desarrollados a lo largo de la trayectoria poética de Neli. Vicente Aleixandre decía: “no hay un solo poeta que no modifique el mundo”, hago hincapié en esas palabras, pues es lo que hace Neli, modificar, que no completar; transformar, que no esperar nada a cambio. En ese sentido, La encarnada da evidencias de un mundo decadente, ajeno, hostil y hermético, pero no desde el vencimiento sino desde el acto creativo rebelde e inconforme. Y su combate comienza y termina en la inmensidad de su destino, en la única certeza probable: en la ausencia:

esa montaña nívea almohada para mi cabeza dispara su adiós
su adiós en torbellino me descarna

El trayecto se acerca a un promisorio final, jamás definitivo, siempre parcial, en el cual la confesión explica el viaje, lo prefigura, por eso dice:

mi nombre es soledad no angustia

Y la batalla, la ruptura ya no es grandilocuente, sino íntima y tal vez por eso más verdadera; así, el yo poético se atreve a despojarse y despojar, a señalar y señalarse con un dedo no acusador, sino vivo y envuelto en su soledad:

un manoseo indeleble me dice que
nunca estuve
derrumbo esa puerta apolillada me
escapo de mí

Y el escape, que no es huída, nos permite acceder a este poemario, sentirlo y leerlo y releerlo para unir sus fragmentos e inventarnos viajes, otros viajes, en compañía o mejor dicho con la fecunda soledad de La encarnada sosteniendo el farol, guiando la nave.

Juan Secaira
Casa de la Cultura Guayaquil , septiembre 5 del 2009

Nelly Córdova Aguirre (neli córdova neli) "la poeta del abismo": académica, conferencista, crítica literaria, compositora, promotora cultural. En poesía ha publicado: Cinco regresos y un siempre 1980, Estatuas fugitivas 1988; Origen (en español y kichwa) 1993 -2da edición 1995; Abismos en los ojos de eva 1998; Penúltimo laberinto 2007; Lengua profana 2008. Produce y ha publicado literatura infanto-juvenil - Premio nacional (concurso de cuento) edición 40.000 ejemplares por su cuento El fruto del llano azul, otorgado por el Dpto. de Cultura, Ministerio de Bienestar Social-Ecuador 1989.
Ha participado en congresos, encuentros nacionales e internacionales de cultura y poesía (varios países). Representante en Ecuador del Movimiento Cultural Internacional aBrace, sede Montevideo/Brasilia. Presidenta de la Sociedad Ecuatoriana de Escritores (período 2001-2003). Ha ejercido diversas cátedras en algunas universidades. Poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, alemán , portugués, kichwa y otros; e integran antologías publicadas dentro y fuera del país.

domingo, septiembre 06, 2009

“LA VOZ HABITADA”: SIETE POETAS ECUATORIANOS FRENTE A UN NUEVO SIGLO


Por CARLOS EDUARDO JARAMILLO


ESTA JOVEN POESIA

El ser que soy ahora se conmueve ante esta joven poesía /ante esta savia nueva del fluir poético que es el de la hermosura y el dolor de la vida/ como si a su pesar como si por un fatalismo kármico los instantes de la felicidad tuvieran que tener su costo/ Quizá en el transitar cotidiano en el fluir de la vida presionado por el tropel de los sucesos eso así no suceda /pero sucede en el mundo real de la poesía que es el de nuestros sueños y deseos / como una autoflagelación por una culpa imaginaria / como si no fuéramos merecedores del permaneciente bullir de la primavera en nuestros corazones / los deseos que se realizaron la felicidad que se vivió o se vive así sea por un azar / el número premiado de la lotería caído sobre el rebaño de los suplicantes/.
Se ha dicho que la poesía quizá no sea más que la fulguración del instante en el vacío / la posesión de la plenitud para desaparecer / Se ha dicho con gana de creer en Dios que para perdurar para no ser olvidados / Será en todo caso en homenaje al don que nos fue dado
/– eh tú abandona el rincón de los castigos cumpliste tu tarea -- eh tú bésame en la boca-- / Lo que vendrá después respecto de nosotros no puede saberse.
Poesía joven de rodillas ágiles / irrespetuosa como es el más auténtico sentir de la juventud / la poesía no tiene niñez pero sí inocencia
siempre la tendrá /aunque el poeta no lo sepa y se precie de sus saberes / si la pierde la poesía desaparecerá como la magia que se sustenta sólo en trucos mágicos cuando éstos se revelan/ los trucos de nuestra psiquis no los revela el espíritu / son nuestro profundo secreto nuestro método /no para simplemente sobrevivir sino para vivir con ventaja / la poesía es un plus que no debemos perder nunca.

INTERMEZZO

No conozco cómo es el mundo de hoy para los ojos de hoy para las incertidumbres del mañana. /Alguien tiene certezas alguien duda desde antes de la duda. /Todos aman. Alguien no quiere amar no sabe cómo. O no como desea / El deseo es un árbol de sorpresas: frutos de palo pájaros de niebla ojos de pedernal / Está lo dicho. Queriendo descubrir velar el alma queriendo revelarla /.
Se van poniendo rojos los metales en el crisol / pero el oro y el hierro están probados. / Buena forja, poetas. /Dejad que el corazón cante su canción.

EL VIAJE Y EL CAMINO

Ha empezado cada uno el viaje y el camino tras el descubrimiento/ cada uno tiene ya la certidumbre de haber dado con las fuentes de su río sagrado / el río de su canto / el río de su voz atravesando la misteriosa comarca de su alma / Ya se verá hasta dónde querramos y podamos adentrarnos en ella / aventurarnos o rodear sus meandros / provistos de qué códigos de señales que nos permitan salir del Laberinto / Ojalá que esquivar el Minotauro / Ojalá el Laberinto no sea abierto / Ojalá que sepamos cuándo estemos en él y cuándo a salvo./
Que el poder no os agobie./

NUEVA ERA DE LA POESIA ECUATORIANA

Creo como el que más en la Nueva Era de la poesía ecuatoriana, no porque colectivamente tenga un nacionalista sello de “ecuatorianidad”, pero sí, dentro de su universalidad y diversidad, un potencial que va manifestándose con seguridad y fuerza, fe blindada, una concentración y densidad que llega a rebasar el ámbito de su propia experiencia. (Todos los poetas algún momento somos médiums del Otro más antiguo que nos habita)
Paladeo con delectación la sustancia y la forma de la poesía que profesan los habitantes de la casa mágica que constituye esta breve y hermosa selección que bajo el título de “LA VOZ HABITADA”, han publicado Editorial Eskeletra y El Ángel EDITOR (2008).
7 poetas nacidos entre los años 1972- 1973: Marialuz ALBUJA, Ana Cecilia BLUM, Julia ERAZO, Carlos GARZON, Xavier OQUENDO, Carmen Inés PERDOMO, Carlos VALLEJO.
7 apóstoles iluminados por las lenguas de fuego de la poesía, luchando alguno todavía por dominar el incendio, atemperándolo otro como una tenue lámpara de alcohol donde las sombras son ingrediente de la luz, alguien poniendo la boca de la llama sobre su propio corazón para que la palabra salga quemante, calcinada, sin edad todavía para la amargura, en la música sólo de la nostalgia o la prefiguración de la nostalgia. (No es posible el vacío para los ojos que todo lo quieren ver).
7 seres angélicos de poderosos remos elevándose por los cielos a punto de desaparecer, precipitándose en rasante vuelo, haciendo malabares en el ámbito de la poesía: turbulento, poderoso, insólito, voluble, sorpresivo, como el viento de la Patagonia que pinta César Aira en “La Costurera y el Viento”: donde por su poder casi todo es posible, incluida la felicidad, bajo cualquier ropaje.



Agosto 25, 2009

sábado, agosto 29, 2009

EULER: PREMIO ESPEJO 2009





Euler Granda Espinoza nace en Riobamba hace 74 años. Desde muy joven se presentó en un estilo poético al que no renunciaría jamás. La anti poesía fue su brillo frente a la poesía convencional. Con ella logró decir lo que él era, lo que pensaba, lo que sentía. Nunca se dejó llevar por el canon, ni por el sentir “colectivo” de los otros poetas de su generación, ni de las venideras. Su nombre es además sinónimo de generosidad. Lo que escribió en su poesía lo ha venido cumpliendo en la vida. En su ya cerrado consultorio de médico general y siquiatra, al sur de la ciudad, daba atención a toda la gente que lo necesite, y en muchos casos no cobraba la consulta. Allí lo visitábamos sus amigos, los que estamos con él siempre, los que lo admiramos de verdad.
Su voz siempre estuvo diciendo, siempre fue un rebelde frente al poder. Su poesía social es muy conocida, pero lo mejor de su obra está, curiosamente, en sus poemas existencialistas y en su obra erótica. Su libro “De cómo tus piernas venían con nosotros”, Premio Nacional de Poesía, es una verdadera joya. La originalidad de su poesía radica en haber usado el “lugar común” como un remanente poético indiscutible. Siguiendo los preceptos de los anti poetas, Granda consigue el milagro de volver bello lo feo, de crear en lo reciclado del lenguaje la nueva propuesta.
Siempre crítico y amargo, siempre condenado al dolor del poeta solo, que no está conforme, simplemente porque la conformidad sería, indudablemente, la mediocridad.
Sus libros “los días amargos”, “Bla bla bla”, “Un perro tocando la lira”, “Que trata de unos gatos”, entre otros, son fundamentales para muchos jóvenes escritores que lo leen como escritor de culto. Su palabra es sagrada, porque es comunicación absoluta con el lector eficaz e inmediato.
Granda es un maestro a la hora de organizar el lenguaje. Gran hombre, gran amigo. Enorme poeta. Extraño, único, verdadero.
Qué bien dado el premio al maestro Granda. El humor negro que lo caracteriza y esa sensibilidad feroz de gato montes, se lo merecen.

viernes, agosto 28, 2009

La nostalgia de los bíblicos de Xavier Oquendo






Maritza Cino Alvear.


La poesía puede expresar muchas cosas en un breve compás. El poeta reinventa esos mundos que le persiguen como una melodía reincidente. Compases que acuden, transformando la interioridad del creador, quien ya involucrado en su quehacer explora signos para nombrar sus fantasmas, sus esperanzas y pulsaciones, cada vez más, vertiginosos e incontenibles.

Macerando y reescribiendo se va forjando el oficio del poeta.

César Pavese, escritor italiano del siglo XX, refiriéndose a este tema aseveraba: que toda especie de lengua literaria es como un cuerpo cristalizado y muerto, en el cual solamente a golpes de trasposiciones y de injertos del uso hablado, técnico y dialectal, se puede nuevamente hacer correr la sangre y vivir la vida…La poesía busca a menudo revirginizarse, recurriendo a lo simbólico, a los recuerdos de la infancia, y aun a los mitos. Ella siente en estas formas espirituales una alta tensión imaginativa que la tienta, y se ilusiona con que baste un acto de voluntad para derivar esa tensión hacia su campo. La poesía copia las formas del mito y del símbolo, esperando que en ellas vuelva a palpitar mágicamente el corazón, pero olvida que sabe inventar, y que el mito vive, en cambio, de fe. (El oficio del poeta de Cesare Pavese).

Esto fuimos en la felicidad, poemario de de Xavier Oquendo, publicado en el 2008 por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, en la colección palabra al Día, e ilustrado por Eddie Crespo, encarna un discurso lírico integrado de mitos, símbolos y recuerdos, de injertos reconstruidos para reordenarse en la fe que todo poeta lleva consigo, al asistir con su ejercicio y su pasión a la ceremonia de la palabra.

Texto dividido en dos apartados o cuadernos, El primero, El diario de los Bíblicos y el segundo, Nostalgia del día bueno.


Los Bíblicos, es un diario que vierte mares y caminos recorridos desde siglos, donde el paralelismo contiene infinitas posibilidades y lecturas, recuperando voces intemporales a través de metáforas con referentes religiosos y proféticos, que se desplazan con agilidad; complementándose una a otra para ser versificadas con un acento místico y plural:

Cuando juntos estuvimos/ y nos convocó la llama suave/ de los ojos de la noche,/ ahí, junto al silencio/ de la brasa, nos cobijamos/ bajo el sol de su candela. Entonces nos miramos/ y en silencio nos dijimos/ los otros a los unos:
Somos, seremos, Los bíblicos.

Esta afirmación del hablante lírico, en el primer poema que abre el libro, titulado Los bíblicos, nos ubica como lectores ante un discurso que marca el nacimiento de los tiempos y de la humanidad en una atmósfera de calidez junto fuego / parafraseando al autor, para anunciar la vida y luchar como una tribu de judíos errados contra el olvido.

Esta imagen también se confirma en el poema La tierra prometida:

De esta ciudad del Ande,/ con olor a sahumerio y eucalipto, surgimos los bíblicos. Cerca del fuego,/ al lado de la boca del caimán/ donde las estaciones son postales…Estamos lejos del pueblo antiguo/ donde siguen llorando los pastores…Distante quedó el mar que estaba muerto./ El arca nos dejó por estos lados/ donde no hace frío ni calor, solo nacen orquídeas en la selva. Atrás habitan los tatarabuelos del mundo./ Los bíblicos de acá, estamos sacudiendo las dalmáticas/ para salir a reconocernos.

A través de estos versos, el poeta como en una epifanía, revela la alusión al tiempo bíblico y al actual, la travesía por diversas etapas de la humanidad con sus tonos y personajes, así como los mantos que caen, para enfrentarnos al vacío y reencontrarnos en la tierra conocida.


Un poema que de manera especial despertó mi interés, es el titulado: El segundo de abordo. En este texto, el hablante asume la voz singular bajo el nombre de Moisés, y hereda de la figura familiar del abuelo las experiencias del conocimiento, listo a conquistar los misterios del mar, la ley de sus mandamientos y de la tierra prometida:

Mi nombre es Moisés./ Nací bajo el cielo del equinoccio,/ cinco mil años después de las noches amargas/ de mi abuelo, / el que abrió el mar/ y me dejó la sal de sus olvidos.
Aquí yo, su principal heredero,/ fruto de sus equivocaciones y sus tablas. He venido a conquistar/ la tierra prometida de tu vientre, / las insinuantes llanuras de tu cordillera/ en donde haré valer/ la ley de mis mandamientos. Abriré, como el abuelo,/ el mar de los misterios/ y quedarás en mí, siempre,/ como un tatuaje áspero.


Dos constantes en el discurso poético de esta primera parte son el recuerdo y el olvido, registros del diario de los bíblicos, con los que cierra insistentemente la mayoría de sus poemas, unas veces como aceptación y otras para rebelarse, en un afán de perennizar y ser más que una semblanza o recuerdo.


Nostalgia del día bueno, es el nombre del segundo cuaderno de este texto. Metáfora espiritual donde la nieve y el frío serán otro eje temático, como en el anterior fue el recuerdo y el olvido.
Nieve y frío, temperados en la voz profética, como principio y fin:

Por primera vez la nieve. / Una especie / de reproducción del mundo, Me quedé absorto/ frente a los colores/ que danzan en su luz./ Sentí un miedo tormentoso/ y unos ojos en mitad del frío… son los versos con los que se inicia este segundo cuaderno, en el poema: El Ignorante. Es nuevamente el comienzo del que desconoce y despierta temeroso ante lo inédito:


No hay sabor/ en estos nuevos sitios/ que se hielan…Mis hijos/ son esos soles/
Que el viento necesita….No sé si vuelva a ver aquel sol/ entre las ramas de las encinas… Este frío con números,/ este llanto ocultista/ estos huérfanos miedos…Los amigos que no se quedan siempre,/estas sombras de saberme solo….Son algunos de los versos de distintos poemas que connotan un acento de nostalgia, tedio , orfandad y frío.

Apreciamos esta afirmación con renovado énfasis en el poema La Soledad que se le olvidó a Machado, cito:
En estas soledades, en estas ausencias frías, en estas oscuridades burdas/ todo se contrae/ se contraría / se corta…Son soledades verdes, inviernos con flor de menta, cielos de petrificada esmeralda. En estas soledades/ me agito/ y tomo un aire/ que no alcanza a ser,/ pero acompaña.


Nostalgia del día bueno, nombre del segundo cuaderno y también de un poema, tienen el sello de la ausencia y de lo añorado, pero a la vez de la paciencia y la fe ante lo aún desconocido y misterioso, cito:

El sueño, /la nieve. Esa nube de hastío que se repite/ en los mismos rostros;/ la misma calle de la ciudad/ que alguna vez/ fue cuna del encantamiento. Sin embargo/ en algún árbol,/ por algún trecho/ en cualquier reja/ deberá anidar el día bueno: / aquel día pródigo/ que no asoma/ que no entra. En este frío/ el día al que le canto/ aún no emigra.

En este último libro de Xavier, la voz poética, recorre un antes y un después, de ahí su título Esto fuimos en la Felicidad, canto universal con rastros que enlazan e incorporan otras épocas que a veces nuestro imaginario las ha convertido en leyenda, para así devolvernos a partir del pasado el porvenir con profundas y renovadas utopías.

El oficio del poeta una vez más nos persuade con estos ejercicios espirituales, trabajados con ingenio y gran sentido humano. Acento intenso y alegórico donde reposa la esperanza, junto a la nostalgia de los bíblicos.

Xavier Oquendo, poeta ambateño radicado en Quito y autor de más de diez textos literarios. Editor, antólogo y promotor cultural, además de ser humano inquieto y perseverante en difundir la poesía ecuatoriana y convocarnos a otros espacios para así rescatar nuestro merecido lugar en la literatura contemporánea. Hoy, en el marco de esta feria de libro, nos entrega su última obra: Esto fuimos en la Felicidad, muestra de la auténtica poesía y bitácora del paso del tiempo con sus parábolas y ficciones, donde el autor en un ejercicio de profeta, se confiesa como un perpetuo condenado del beso, que deslía su paciencia, antes de llegar a la Cita con la Nieve.

viernes, agosto 21, 2009

ESTO FUIMOS EN LA FELICIDAD según Liset Lantigua



Por Liset Lantigua

Es difícil abordar la poesía sin sentir que una rasga una seda antigua, intocada, por la que el viento cruza de ida y vuelta poniendo nuevos tonos, obviamente pálidos o grises, o tenues. Una quiere hablar de la poesía, tiene a la mano el método, sus apartados, hablante lírico, tono, composiciones, estructuras, recursos estilísticos, procedimiento, disposición, en fin, todo, y llegado el momento una siente que nada podría agotar las posibilidades del texto, y lo que es aún más grave, siente que no puede rozarla sino con su propia piel, con sus fluidos, y entonces una desearía ser un junco, o un copo de nieve, o una pagoda de aire salobre, cualquiera de esas cosas que conocen sus elementos informes, porque todo lo demás anda lejos. Entonces una trata de recorrer estos ambages en puntas de pies, como la niña que la noche se llevará tras la travesura, y de la que no quedará sino un poco de polvo sepia sobre el papel. Porque lo trascendente, lo perdurable, está en la obra. Y lo que debería servirme de cierre para que su autor me recordara, tengo que decirlo al comienzo pues todo cuanto pueda caber en mi estudio será exiguo. Este es un libro bello. Pocos he leído tan unánimemente logrados, tan trabajados, tan genuinos y madurados. Su autor es un poeta, lo cual no se consigue con la escritura de poesía, ni siquiera con la publicación de libros, pero él con uno de los poemas de “Esto fuimos en la felicidad” al azar, en un papel de estudiante tembloroso, escrito a mano como hace siglos, me hubiera arrancado esta afirmación, no se diga con el libro. Sin embargo Javier, habiendo escrito esto, debería tener 120 años, haber nacido en Kioto, y sobrevivido a la intemperie de lunas y lunas antes de grabar las minuciosas hojas, los frutos, las colinas, las alas incendiadas de los insectos, las rocas escarpadas bajo la primera nieve de un invierno que empieza en el sol. Pero Xavier Oquendo no es ese viejo artista, sino uno más viejo todavía, nacido en Ambato en 1972, autor de más de ocho libros, la mayoría poesía, y de “El mar se llama Julia”, novela publicada recientemente por Grupo Editorial Norma y a propósito, es bueno ver que se publican libros cuyo principal logro es el trabajo con la palabra, el estilo, ahora que lo que importa son los efectos de las historias contadas del modo más lineal y plano, pero claras y entretenidas. “El mar se llama Julia” entretiene, sin dudas, pero recrea porque es un libro inteligentemente tramado y de una prosa cuyo lirismo delata al poeta que está, felizmente, antes que todos cuantos puedan habitarlo: narradores, actores, periodistas, magos, cantantes de ópera, etc…
Y en fin, tras este paréntesis que también pudo ir al final, procedo a comentar el nuevo poemario de Xavier y por el que estamos reunidos aquí. “Esto fuimos en la felicidad” ocupa dos zonas en dos cuadernos: El diario de los bíblicos y Nostalgia del día bueno. La transición de un cuaderno a otro contiene el eterno gregarismo que da paso una individualidad que solo puede ser triste. Como toda existencia vista desde otro risco, en un distanciamiento pastoral, lo que parece ser auténtica sabiduría, praxis, metafísica, un yo lírico que es todos y siente todo y lo precisa todo, es apenas el velo que ciega, que impide la mirada y la reemplaza por el discurso. Una elaboración ulterior, ambigua, como lo es la conciencia del “todos” nutrido por una savia que dijo lo dicho y lo hecho en las parábolas justas, las que completan nuestro mito creacional y colocan la suerte y la obra en un orden aleccionador. Son los grandes temas los que ocupan el espectro de asuntos de esta obra. En el primer cuaderno la impronta del paso del tiempo labra ferrocarriles donde hubo una mano y su cuerpo al final, asimétrico. En sus trenes viajan las ánimas de ojos idénticos que idearon el éxodo, que lo anticiparon entre mirra y aceite. Pero son adolescentes y viajan el extravío de la edad, del aborto en una vejez que no les concierne, que se enrosca en su vacuidad y en su ternura. Lo que fuimos desde la perspectiva cuantiosa de la amistad es la idea entorno a la cual gira esta parte del libro. El pasado como ese éxodo contrario, infructífero, alimento de la nostalgia de lo que pudo ser y no fue: “Queríamos ser los apóstoles del mundo” (Mochileros), y con ello el desarraigo y la transitoriedad. “Somos un puñado de barbados / en el regreso hacia el hogar” (Farra)
El orden de la vida desde los arquetipos preconcebidos, inútiles, cómodos en una lógica evolutiva que no sirve para nada más: “que sólo éramos nómades del pueblo hebreo y que, antes de encontrar la tierra nuestra, debíamos hallar a la mujer (…)” Y más cercano al ser: “Los amigos dormidos, amontonados como un pozo de trinos” “Los amigos nos visitan cada fin de semana. Por ellos y por nosotros pintamos de mostaza y azul las paredes hasta cambiar de sentido el nuevo universo y ser otros, otra vez” (confesión)
El deseo de quebrantar al arquetipo se hace evidente en la necesidad de recoger los modos con que la vida se presenta: “La reina de Saba: la buscábamos en el balcón de Julieta, Es hija de Darío, en su boca actuó Greta Garbo, Tuvo amigas en Roma”. El lugar ha sido nombrado otra vez. Vuelve la esquina como el punto de encuentro, como el ojo de agua o el sitio de comunión: “Allí vivimos noches mil y una / allí asomó Aladino y su mal genio / allí éramos más grandes que el destino”. (La bohemia). En medio de este vagar por las sombras del tiempo ido, la historia retorna en ese vicio consuetudinario de hacer con la misma arcilla el recipiente, nunca tan bien pulido y amasado como lo fuera antes: “Quiso recuperar el tiempo perdido, pero ya aquel tiempo pasado fue peor” (Diagnóstico reservado). O en “Abriré, como el abuelo, / el mar de los misterios / y quedarás en mí, siempre, / como un tatuaje áspero”. Y una permanencia per se de la caducidad: “Nos quedamos los de siempre, solos, pero firmes”. Y lo paradójico es que es cierto.
En el primer cuaderno se aprecian además los contrastes de elementos bíblicos y hechos de la vida cotidiana, parábolas que juegan con la polisemia de lo ambiguo. Un afán por reunir, por reintegrar al árbol la manzana, parafraseando a Valery, por probar que en ese suceder de la supervivencia una y otra vez asomamos con los mismos dioses, y con el dios de todos sobre la nada informe y caótica: “He venido a conquistar la tierra prometida de tu vientre” (El segundo de abordo). Y con ello la lid inaugural con la que azolamos al tiempo: la resistencia: “La cómplice radio nos canta: / despiértame / cuando pase el temblor / y cuando pase el olvido, claro” (Colegio de monjas). De Judas: “Nos abandonó. Se fue sin decir nada / hasta el pozo sofocante del olvido”. (El héroe). De lo que Jonás encontró “Un mundo en el que había explotado el olvido”. (Del que se fue). Y no puede faltar lo que los jóvenes griegos usaron para el arrepentimiento: la anagnórisis, la culpa, porque no seríamos sin ella, sin el miedo que pende del gajo cercano a la casa, a la pupila, a la inocencia que nos guarda en la soledad de las noches: “Los amigos no hicieron caso omiso / de la ley de mis palabras. / He decidido sacrificarlos”. (Cédula) Y en ese escenario que se va completando por grietas y adoquines aflora la ciudad, su vulgar modernidad, su hastío: Jonás encontró “Una ciudad autista con metro y otra, paranoica, con / tranvía” (Del que se fue) La ciudad de las múltiples puertas que dan a una tierra que es la misma, su cerrazón: “El frío de esta ciudad cerrada / nos abre la puerta” (Farra). Y la ciudad de la aplicada nostalgia: “En este lado de la ciudad / donde el sol es poco menos que un minuto, / estuvo el café de nuestra edad”. (La Bohemia). Entre el pasado y los huesos de ahora queda la música. Cabría preguntarse: ¿Qué sería de la ciudad sin su música, del tiempo sin su música de rieles y balaustres, sin sus hojuelas de arroz y su tintineo? “Somos el perfume de la canción que nos suena” (Campos de pentagrama) O “En medio de nosotros habita la música y un cierto olor a café negro” (Años). Y el amor, sumido en el fracaso de su urdimbre, pone la trampa: “Ya no hay a quien cazar en esta noche” (Cacería). El fracaso con sus paredes de alabastro: “construimos una casa enorme que nos cayó encima” (Las monedas). Y todo lo humanamente sabido y sentido es arrojado al mismo derrumbe-naufragio: “Un día se fue (la madre del dinero) y nos dejó unos cigarrillos para las penas” (Las monedas). Javier hilvana en los versos de este cuaderno las señas y signos de los suyos, al pie de la estación, viendo los mismos rostros, las mismas venas en una pulsión de no vida: “pero el automóvil no fue suficiente. Había que encontrar ese aire que nos mueva los cabellos engominados. Ese halo de niebla que nos pase por la frente y nos haga saber que no éramos tan guapos, que no éramos dechado de virtudes”. (Chicos cocodrilo) Más evidente aún en Mochileros: “Y los cangrejos, que tenían una marcha tan parecida a nuestra dolorosa vida de amanecer”. Sin embargo eso era la felicidad. El discurso mantiene un yo lírico plural, desde lo melancólico.
NOSTALGIA DEL DÍA BUENO es un cuaderno prolijamente armado, en el que abunda el deslumbramiento como si la nada anterior marcara la cadencia de asombro en asombro: “Por primera vez la nieve” (El ignorante). El frío llega con su conciencia presagiosa del dolor ante el descubrimiento de un mundo que comenzó en el sueño. La contemplación de quién abre los ojos por primera vez, lejos de la mirada gregaria del primer cuaderno de este libro. En esta parte se instala la individualidad del yo lírico como para quedarse, y hay en ese retorno al yo único, solitario, individuo, una pluralidad que le devuelve la voz y la vista a quien antes hiciera eco de una sabiduría impropia. En este lirismo depurado, y con casi una absoluta economía de palabras, está lo mejor de cuánto se dice en este libro. De Residencia de estudiantes quiero leer unos versos que dan cuenta de ello: “Esos poetas / esas semillas / y esos ventarrones / que se ven desde la /Residencia de estudiantes /donde un día los hijos de los poetas / pensamos en nuestros hijos”. En estos versos nos acercamos por primera vez a la trascendencia en correspondencia con la vida misma, la transferencia de lo anhelado a la realidad consumada. Vuelve la soledad que proporciona un aire, como otra presencia machadiana, “en estas soledades me agito, y tomo un aire que no alcanza a ser, pero acompaña”. Lo que tiene de japonés este libro está esta parte, y es mucho: “Todo el hombre que llevo / se halla enlatado en esta mañana gris / que no convence a la piel”. En (túnel de invierno) hay un acercamiento a lo pedestre de una cotidianidad que podría ser bella, pero no se puede vivir la sublimidad de lo bello en la boca de un túnel “que me come íntegro en un sueño espeso”. Nostalgia del día bueno merece nombrar esta parte, un poema elaborado desde una inconsciencia dictada, maravillosa. Frío de extrañezas es un poema pleno de honestidad, en ese amor que retorna al hijo a través de las evocaciones, y las extrañezas justifican una mimesis que vuelve informe todo ante el recuerdo. Nada más que decir. Me he visto, en razón del tiempo, obligada a obviar poemas del libro, porque todos darían de qué hablar. Lo dejo en sus manos, incapaz yo de decir con tanta honestidad lo que fuimos en la felicidad, y convencida de que su autor, tendrá que decir, quizá muy pronto, lo que fuimos en la tristeza, y sonará feliz, sin dudas. Y mientras tanto, que el sol siga alumbrando sus habitaciones.

jueves, agosto 20, 2009

UN POETIZAR HABI(LI)TADO DE VOCES SIN CONSIGNA



UN POETIZAR HABI(LI)TADO DE VOCES SIN CONSIGNA
Fernando Nieto Cadena

me fue dado ser yo
y me estoy convirtiendo en serpiente
Marialuz Albuja


Después de todo el tiempo no pasa en vano. Lo digo porque cada vez más con mayor frecuencia las noticias que recibo de eso que de alguna manera sigue siendo mi solar nativo, recuérdese aquello que uno sólo es de donde yacen sus muertos, y mis muertos más entrañables reposan en Guayaquil y no por pura coincidencia. Decía, digo, de vez en cuando las noticias que recibo son gratificantes para quien mira desde los costillares de un golfo con vientos frescos del sueste lo que pasa allá, abajito de Colombia y arribita del Perú. Noticias que me hablan de poesía, a ratos de narrativa. Y entre esas noticias el pedido de escribir algo que suene audazmente a prólogo que es un poco jugar a cómplice-encubridor y lo que resulte de esta extraña petición que sólo la amistad y la confianza puede provocar.
Normalmente no acostumbro descarrilarme en malabares con pedigrí cabalístico, por lo que no insistiré en la presunta magia del presunto número mágico siete porque ya el cursi aquel se encargará de decir siete son los pecados siete las virtudes siete las vidas de un gato y cuanto siete pueda saltar de su madriguera metafísica (en el buen y peor sentido del dichoso vocablo). Ni modo. Siete son los poetas que habitan y nos comparten su poetizar en este libro.
Por lo pronto hay una coincidencia de los siete respecto a quien esto firma y perpetra: no nos conocemos personalmente en persona, lo cual para ellos debe ser tranquilizador y hasta satisfactorio. He leído antes, de una mínima minoría de los siete, textos sueltos en alguna antología, revista, blog o algo semejante. Estoy en desventaja porque a lo peor ellos me conocen más a mí que yo a ellos. Por lo menos pueden haberme leído, dicho esto sin falsa modestia ni vanidad almidonada, yo -en cambio- empiezo a leerlos más allá del hallazgo de un nuevo nombre. Empiezo a leerlos, es decir, a desentrañar los enigmas de siete discursos poéticos que sin aparente justificación se unen para no permitirnos seguir siendo los mismos de antes de conocerlos. Ya se ha dicho con apócrifo aforismo, por sus obras los conoceréis. Por mi parte los estoy conociendo. Y como no me pusieron límite de páginas ahora se aguantan.

Primero unas consideraciones algo generales. La poesía del siglo 20 abandona las certezas poéticas que dominaron hasta el siglo 19. El discurso se admiraba como producto de una ‘inspiración’, de un rapto de furor divino. Por entonces perduraba (bueno, aún perdura) la noción judeocristiana de la inspiración divina, de ahí el remanente de ver como sacerdocio el quehacer poético. Ese discurso añejo dio paso al discurso conjetural de las vanguardias literarias que niega las certezas que ofrecen asumir la poesía como producto de una inspiración divina para convertirla en llano testimonio de subjetividad que descree de las verdades absolutas y relativiza el ser y no ser de las apariencias con que se viste de múltiples realidades el mundo exterior.
En este sitio debería hacer un resumen del quehacer de los y las poetas en las últimas décadas en Ecuador, justo ahora que se cumplen mis primeros treinta años de haberme yo mismo sacado tarjeta roja del país. Si veinte años no es nada, treinta son una nada y media. En estos años la lírica ecuatoriana ha hecho un guiño como homenaje al himno nacional donde habla de a millares surgir (o algo así, perdón por el olvido). Tengo la sospecha que en Ecuador en los últimos treinta años han aparecido poetas 'a millares surgir'. No caeré en la maligna tentación de repetir el viejo chiste mexicano de sentenciar que en estados como Chiapas o Tabasco todos son poetas mientras no demuestren lo contrario. Si remarco la sospecha es porque lo que más me sorprende es que no se trata de una simple explosión demográfica cuantitativa, sino que se trata también de un estallido cualitativo. No hay pues tal resumen porque ustedes (cualquier lector más o menos asiduo a los estertores-bramidos-ensalmos de la lírica ecuatoriana) conocen mejor que yo y tienen un mejor informe personal de la situación.
Regreso a lo de la explosión demográfica cualitativa de la ¿nueva, joven? lírica ecuatoriana. Para que se acalambre el patrioterismo. No todos ni todas en el estallido de nuevas voces poéticas son excelentes ni están condenadas -las voces- a trascender o perpetuarse para la bobalicona admiración idólatra de muy futuras pero bien futuras generaciones. Hay sí una buena cantidad de voces que destacan, proponen, sugieren, que su paso por este oficio de incertidumbres pesarosas que es la escritura no será en balde y a más de uno se le recordará con envidiosa veneración. No es muy deseable hablar del futuro, debemos permitirle que se convierta en presente para ver si las apuestas fueron o no acertadas o convenientes.

Dicho todo esto entro al baile del que espero salir indemne, menos 'pior' a lo acostumbrado en este canibalesco carnaval de vanidades bien y mal administradas que es la ¿vida? literaria en su poco edificante guerra de egos sin reposo.
Antes una breve numeralia para holgazanear mientras las neuronas vuelven a su sitio. De los siete, cuatro son mujeres. De los siete, cuatro son de Quito, el resto de Ambato, Esmeraldas y Guayaquil. Todos pasaron por alguna universidad y/o por algún taller literario. Más de uno transita por la narrativa, las artes plásticas o el cine. Muy pocos cruzan los eriales del ensayo, de la crítica literaria aunque si ejerzan o hayan ejercido la docencia sobre todo a nivel universitario. Ahora sí, a lo que vinimos.

Presumo ya que no hay aviso en contra que cada uno de las y los poetas son responsables de los textos presentados. Esto podría significar que así se ven, se asumen y quieren mostrarse. Esto lo digo porque hay una 'poética' que precede a los poemas, poética que poco me dice para descifrar el por qué de la selección hecha por cada quien. Por lo demás el recurso del ars lírico siendo como es una añosa convención se queda llanamente en eso, en una llana convención que no trasciende más allá ni más acá de cualquier otro texto. Por lo menos yo sigo preguntándome y para cada uno de este club de siete poetas ¿qué es la poesía? Creo o mejor, pienso que esto es uno de los pequeños pero no leves deslices de LA VOZ HABITADA. Quiero, necesito suponer que no se debe a una improvisación por premura de tiempo; pienso que pudo ser una decisión del grupo sin grupo que buscó mostrar algo distinto pero se enredó en la añeja convención de lo previsible. Pienso que pudo ser incluso una manera de no caer en la otra convención, la de explicar el por qué de esta muestra porque podía a sonar a justificación y ya se sabe que a confesión de culpa ganancia de mal pensados o de envidiosos que es casi lo mismo. Además y ademenos, ahí están los textos que como ya sabemos o debiéramos saberlo, en los poemas al mismo tiempo que desarrollamos un tema subyacente transita lo que pensamos sobre lo que suponemos es la escritura.
Por fortuna el conjunto de los textos de cada uno, incluida la presunta poética ya leída como un poema más, alcanza un nivel mucho más que satisfactorio sin que por eso podamos lanzarnos al estallido de cohetones y descorchamientos de botellitas de jerez a la salud de nadie. Se ha dicho hasta la aburrición que los textos se defienden solos. Pienso que esta vez salieron bien librados porque buscándole como le busqué los qué y cómo para descarrilarlos hacia las cunetas de la inanidad pudieron más ellos, los textos, que mi intransigente vocación de lector siempre a la defensiva para que no me den gato por liebre. Como bien se ve no puedo escapar a la convención de los lugares comunes.

A partir de que toda escritura se reduce al trillado sendero de preguntarnos quiénes somos y por qué somos, encuentro una coincidencia mayor entre los textos de las poetas que entre los poetas. El sector femenino cuando merodea las esquinas de lo amatorio casi siempre lo hace como evocación después de. El aire de nostalgia, de soledad con que se evoca al amado me induce a sospechar que esa soledad más que un artificio lírico es una actitud ante la vida, una manera de decirse y decirnos cada una que sí, el amor es necesario pero más necesaria es mi soledad donde puedo ser y estar a plenitud para pensarte-recordarte-desearte. La consabida estrategia del desamor de los amantes que nunca sabemos lo que tenemos hasta que lo malgastamos. Esto desde la atalaya de la mujer que para dignificarse en su soledad asume una visión que en cierta forma juega a ser irónica para escamotear/se el dolor del bien perdido.
Marialuz Albuja, por ejemplo, lo dice de esta manera:
Alguna vez
quizás al comienzo de otra guerra
o en el descanso de las gradas que recorres cada día
sin notar que el pasamanos ya no aguanta
me habrás, por fin,
definitivamente
olvidado.
Ana Cecilia Blum por su parte confidencia:
Si pudieras
quedarte para siempre,
si no te marcharas
al siguiente día

Julia Erazo expresa el hallazgo de la caducidad del encuentro amatorio como lucha de sexos:
no estás
sabanas africanas
la aurora el ocaso
una leona
tras una cálida presa
aspiro tu aliento
guardo la flor del baobab
a pesar de las sombras
la caza se consuma
Por su parte Carmen Perdomo, el olvido lo envuelve como ausencia:
Invento tu piel,
como el fuego que nace en mis pupilas.
Hoguera,
labios pálidos,
voces olvidadas.
La muerte me diluye en tu cuerpo.
Lo amatorio no es lo único que las conduce a pergeñar sus soliloquios dialogados. Cada una plantea de cierta manera atisbos de cierta poética (conjunto de técnicas, repertorios temáticos, puntos de vista) femenina (si existe algo que pueda denominarse así, de poética femenina, digo), para expresar -en los términos de un viejo ortegagassetismo- su ser y su circunstancia como sólo una mujer puede experimentar el mundo, la vida pues, con palabras nacidas a veces como desgarramiento y a ratos como realización testimonial de su ser y estar en tiempos como estos que nos ha tocado en suerte vivir.

Los poetas se expresan más allá o más acá de los desasosiegos del amor. Lo más cercano es la atmósfera doméstica para nostalgizar a los hijos como en el caso de Xavier Oquendo. Carlos Garzón en cambio entrecruza una suerte de religiosidad pagana que no se resuelve a imprecar ni a venerar. Carlos Vallejo se desenvuelve mejor porque no se refrena con esa especie de minimalismo involuntario o inconsciente -no sé- que parece permear a muchos o por lo menos a la mayoría de los poetas de las ¿nuevas? ¿novísimas? generaciones líricas no sólo ecuatorianas llegadas después de los ochenta. Minimalismo que en este libro no es monopolio masculino ya que las poetas también se deslizan por los acotados espacios de la brevedad.

Desde siempre una de las preocupaciones de los poetas ha sido la de configurar un discurso para dialogar si no consigo mismo, con ese otro que nos habita y condiciona a ser lo que aspiramos y no lo que presuntamente somos porque así lo prefieren y permiten quienes se disfrazan con los valores seculares de la humanidad y se esconden tras los artificios de la manipulación de verdades y realidades que el poder –cualquiera que sea- dispone como irremediables.
Los poetas desde la muy arcaica y tediosa antigüedad hemos optado por el fuego prometeico de la palabra para desnudarla y poseerla en toda su plenitud expresiva. Por eso, insatisfechos de todo y nada, es decir, de nosotros mismos, buscamos ese alter ego que nos libere de nuestras prevaricaciones ante la vida, que nos justifique ante nosotros mismos para seguir respirando sobre este planeta donde cada vez más deambulamos como suicidas sin vocación.
Por esta búsqueda de un alter ego entre existencial y literario vislumbro que los tres poetas de este volumen se internan en la vorágine de sus obsesiones para sentirse inmersos de vida en los descensos a sus cotidianos infiernos.
Carlos Garzón Noboa mantiene en su discurso un ritmo que lo lleva y trae de aquellas sombras donde la muerte es una conseja exorcizada a una preocupación de respuesta más o menos panteísta para descifrar los oráculos del devenir, sin remilgos ni autoconmiseraciones:
Mejor habría sido sepultar a los ídolos,
que soñar cómo nuestras tiernas hijas
fornicaban con la edénica serpiente;
pero, confiados, seguíamos esperando,
dormidos al pie de las Escrituras,
la respuesta del Oráculo.
Xavier Oquendo Troncoso discurre por una domesticidad donde los hijos parecen ser el interrogante frente a un futuro donde él de alguna manera seguirá siendo un Prometeo encandilado por la vida:
En el fondo de los vientos
habitan los ángeles
que parecen otros vientos
que se juntan con los vientos normales
y entonces forman los colores de las brisas
que los hijos ven,
y nosotros creemos que es el viento.
Pero son los ángeles caídos
que quieren jugar a ser viento.
Carlos Vallejo se interna en los eriales de la exploración intimista a través de juegos narrativos que saltan en zigzag sin premeditación ni coherencia aparentes como muestra del caos interno que busca restablecer el orden primigenio, no en vano esa es la función de todo poeta, ordenar el acoso de ese caos que son y somos los humanos:
Habrá que abrir las ventanas del mundo
para que el deseo cante otra vez a sus muertos,
habrá que volver a empezar, antes de los labios,
hasta alcanzar la señal primera, el motor
del verbo, esas novísimas aguas, y profanar
el lecho donde tiembla un cuerpo: centro de la tormenta.

Uno de los temas recurrentes ha sido y es la exploración de los laberínticos andamiajes de la infancia, ese tiempo –dijo Jorge Guillén- cuando nada era más serio que jugar en serio. Indagación que usualmente se convierte en el eje de la obra total del escritor que requiere indagar esos territorios para saberse vivo, más allá de la constatación burocratizada de la existencia. Si lo anterior es cierto, los siete poetas aquí presentes desmienten un poco, mucho o todo lo que se ha venido diciendo cuando hemos tropezado con la infancia y hemos intentado volver a ella como al edén del que fuimos expulsados. Digo que desmienten esa conseja del rescate/recuperación de la infancia porque en sus textos las referencias a la niñez son marginales o en abstracto. Debo confesar que es posible que estos siete poetas en otro momento, en otro libro, en otra circunstancia ya hayan despachado esta vaina de la infancia. En este volumen no hay inmersión en la presunta 'edad feliz' ni testimonio de esa imborrable polimorfa perversión de la niñez donde rozamos las cavernas de la felicidad.
En todos la nota viene marcada por el yo de un presente no siempre pletórico, a ratos placentero. Por ahí discurren estos ríos que no son pretéritos pero que si van a la mar de una poesía en búsqueda de sus definitivas provisionales palabras enraizadas con la vida.

Finalmente, el epígrafe. No se crea que lo puse por esa manía convulsiva y compulsiva de poner un epígrafe que demuestre lo ilustrado letrado que soy. De por sí el epigrafismo se sustenta en los grandes nombres de los poetas que reconocemos y admiramos y/o envidiamos. Lo digo con conocimiento de causa, usé y uso como epígrafes grandilocuentes versos o frases rayanas en solemnidad avasalladora para demostrar que estoy al día y soy exquisito como el epigrafiado de turno. El epígrafe puesto esta vez tiene una sola motivación.
Si de mostrar poéticas se trataba aquí está, pienso, el ser, la razón de ser y el por qué ser de este libro, poesía expresada a través de siete poetas que buscan su identidad, su voz, ese inasible yo que todos perseguimos como poetas. Como todo personaje kafkiano, la imagen del escritor no es más que una alegoría del bicho aquel, parecen despertar los siete poetas de esta VOZ HABITADA en medio proceso de convertirse en la mítica serpiente, símbolo de inteligencia, sabiduría y sensibilidad, lejos del aberrante simbolismo cristiano que lo único que hace es evidenciar su frustración misógina. Pienso y creo que por aquí anda, debe andar, la oscura y clandestina vocación de este sector de poetas ecuatorianos más o menos emblemático de un ¿nuevo? poetizar, aferrados a la palabra como puerto de atraque y tabla de salvación al mismo tiempo. Si de paso la sabia serpiente es también la seductora serpiente bíblica que nos conduce al descubrimiento y hartazgo del placer de los cuerpos, bienvenida sea.

Villahermosa, Tabasco, México, 14 de Abril del 2008.

El Encuentro de Almas








LLEGA EN SEPTIEMBRE
EL ENCUENTRO DE ALMAS

Con el fin de fomentar la lectura en el país y la integración de autores, lectores y editoriales llega el primer ENCUENTRO DE ALMAS un evento que desde el 1 hasta el 5 de septiembre reunirá en Guayaquil a los autores más destacados de las letras nacionales
La primera Agencia Cultural-Literaria del País –ElConjuro- prepara un evento literario pionero en el área cultural ecuatoriana que pretende romper esquemas e integrar al escritor, editor, librero y lector durante varias actividades que se llevarán a cabo en cinco jornadas del 1 al 5 de septiembre en la ciudad de Guayaquil.

Programa*:

Martes 1 de septiembre:
Conversatorio Pérez Torres-Carolina Andrade: J. E. A: señas particulares
MUSEO PRESLEY NORTON, 17:30
Presentación de cuentario “Delirio Temporal” Alexandra San Jiménez
TEATRO CENTRO DE ARTE, 19:00
Homenaje a Sonia Manzano: Daniel Calero - Maritza Cino
ALIANZA FRANCESA, 19:15
Recital poético: Ana María Iza, Xavier Oquendo, Maritza Cino, Simón Zavala Guzmán

Miércoles 2 de septiembre:
MUSEO PRESLEY NORTON, 17:30
Noche de vino y Adoum: Xavier Oquendo, Sonia Manzano, Maritza Cino, César Eduardo Galarza, Rosa Amelia Alvarado, Elizabeth Quila
CASA DE LA CULTURA, 19:00

Jueves 3 de septiembre:
Conferencia sobre la trascendencia y permanencia del Súper Yo en la obra literaria y su impacto de Sonia Manzano y Jorge Enrique Adoum
MUSEO PRESLEY NORTON, 17:30
Conversatorio Jorge Martillo – Billy Navarrete sobre lenguaje literario y audiovisual
CASA DE LA CULTURA, 19:00
Presentación libros de Jorge Enrique Adoum: Cecilia Ansaldo, Luís Carlos Mussó y Xavier Oquendo
ALIANZA FRANCESA, 19:30

Viernes 4 de septiembre:
Conferencia René Jurado, Ramiro Arias, Xavier Oquendo y César Eduardo Galarza: industria editorial y la agencia literaria
MUSEO PRESLEY NORTON, 17:30
Presentación novela de Huilo Ruales: Que risa, todos lloraban
CASA DE LA CULTURA, 19:00

Sábado 5 de septiembre:
Vermouth Narrativa Ecuatoriana 1
Mariela Manrique, Martha Chávez, Miguel Antonio Chávez, Solange Rodríguez
ALIANZA FRANCESA, 10:00
Vermouth Narrativa Ecuatoriana 2
Jorge Dávila, Huilo Ruales, Elsy Santillán Flor, Juan Andrade Heymann y Rocío Madriñán
ALIANZA FRANCESA, 11:00
Tarde Poética: Luís Carlos Musso, Ángel Emilio Hidalgo, Juan Secaira, Carmen Inés Perdomo
CASA DE LA CULTURA, 18:00
Presentación poemario “La encarnada” Nelly Córdova
CASA DE LA CULTURA, 19:00
Concierto de Almas: Daniel Calero, Wladimir Zambrano, H. Napolitano, Carolina Pepper, G. Mosquera
CASA DE LA CULTURA, 20:00

*En algunos casos la presencia de invitados de fuera de Guayaquil está sujeta a confirmación.

Algunas pistas para encontrar la felicidad


Por Juan Pablo Castro

Donde el amor esté,
estará ese pájaro adherido a un árbol.

Javier Oquendo Troncoso
Estos fuimos en la felicidad


Si alguien me preguntase cómo definiría a Javier Oquendo Troncoso. Tendría que responderle, casi sin dudarlo, que me parece un pájaro. Y su poesía, por eso mismo, el vuelo fulminante de un ave retozada.
Aunque la metáfora resulte demasiado animalesca, no encuentro otra manera, desde mi particular mirada de pedestre lector de poesía, de acercarme a los textos del poeta Oquendo Troncoso.
Hay una mirada aérea que se desplaza por el territorio de las emociones, un aleteo persistente, casi obsesivo, en el caso particular de Eso fuimos en la felicidad, el libro que presentamos esta noche, que nos remonta al pasado. Es un vuelo nostálgico, sentido, hacia la maravillosa telaraña de la memoria donde yacen algunos cadáveres que todavía soplan algo de vida, como muertos vivientes del cine de Hollywood.
El novelista recrea ese universo memorioso a través de las herramientas de la ficción. El poeta, parecería que está viviendo ese pasado, pero distanciado en el ejercicio propio de la creación. Esta, que suena a paradoja, o a retórica, creo que da algunas pistas para poder entrar en las páginas de la poesía de Oquendo. Al menos son mis pistas, o, si ustedes quieren, las huellas que me invento para poder seguir la textualidad.

La primera pista tiene que ver precisamente con esa necesidad de regresar. Este vuelo hacia el pasado justifica, o pretende justificar precisamente lo que somos. Eso fuimos para ser lo que ahora somos, parece decir el poeta:

Decidimos tener novias. Ir a cazar entre las fieras la que más cercana se halle de nuestro barrio. La que logre aposentarse en nuestras ansias.
Pero la libertad del viento y unos tragos nos atrapan. Atrás quedan las muchachas vestidas de amarillo. El deseo se opaca.
Somos los feos que buscamos la flor en la orilla del charco.

Entonces, imaginarse el pasado, vivir ese pasado en el segundo de creación para aventurarse en el poema como un ser del futuro, un pájaro del futuro que se apropia de una conciencia suficiente que le permite asumir su condición pasajera, pajarera. Y la flor, un atisbo de la esperanza, la idea hecha objeto de la belleza.

La segunda pista está dada por ese acercamiento a la cultura pop. Al cine, a la música. Así la poesía, esta poesía de Oquendo Troncoso, se convierte en un monstruo que devora la carne de los otros. Y, en ese acto se salvaje nutrición, se disemina, abre sus alas, surca por otros cielos textuales.
Dice el poema:
Y llegamos a tener un automóvil. No era una descapotable como el soñado en una noche mojada. Era un modelo en blanco y negro. Lo pintamos con su propio brillo.
Desde el retrovisor de nuestras ansias vimos el mundo. Éramos James Dean en nuestro mito: nos peinábamos con brillantina a ver si las mujeres nos amaban.

Este poema tiene un epígrafe de David Summers, el vocalista de la ya casi desaparecida banda Los hombres G, que marcarán huella en los maravillosos años ochenta.
Epígrafe y poema, entonces, resultan evidencias de una necesidad hambrienta que tiene el poeta por acercarse a otras carnes. Y, aunque en el acto de la invención se da el lujo de crear un mundo que por estos lares quiteños nunca existió –un verano eterno digno de un descapotable-, me parece de una limpia sinceridad. Tampoco James Dean marcó una impronta en nuestras particulares subjetividades, pero, por los vuelos propios de la poesía, aparece aquí como la encarnación de un sueño, quizás de una ilusión como la linterna mágica, uno de los juguetes que prefigurarán el nacimiento del cinematógrafo.
Además el guiño que hace al poeta a una banda de los ochenta, no solo parecería reflejar esa condición de nostalgia, de testimonio epocal, que aparece por la conciencia del yo poético, sino que reafirma la multiplicidad de variantes emotivas que pueblan el universo cultural de estos días.

En el poema Colegio de monjas, encontramos autos, cometas Halley, Marylins Monroe, y llegamos, ya con el corazón jadeante, a la música pop también de los ochentas. “Despiértame cuando pase el temblor, y cuando pase el olvido, claro”, termina el poema haciendo referencia a Soda Stéreo, la banda argentina que haría temblar a los jovenzuelos quiteños de los ochenta que, desgarbados y lampiños, acudíamos a sus conciertos o comprábamos los discos originales, cuando la piratería era exclusivamente un negocio de los mares.
Y, así, como un mosaico virtual se han juntado signos de la cultura universal. La poesía de Oquendo, a partir de esta búsqueda estética, se desprende, para bien de todos, de los devaneos ceremoniosos, abstractos y pretenciosos que pueblan ese consagrado deber ser del poema. Para nada, en estos versos la vida, y el mundo de la cultura, se vuelven próximos, luminosos. La hermosa diva, la narcotizada diva del cine, que muriera junto al teléfono, y el siempre temido paso del jadeante cometa, se juntan como cartas de un mismo naipe.

En este ejercicio poético, es posible encontrarnos, además, con una mezcla, tan fulminante como la que se dan entre un gin tonic y dos tragos de zhumir coco. Así, deidades absolutas, hebreos y artistas del star system se abrazan, se dan la mano y salen caminar por los versos. Jonás con Sinatra. Platón y Nerón. Dios y Greta Garbo todos juntos en una ceremonia vibrante, en un vuelo medio alucinógeno. El poeta, ya no de terruño, se lanza al mundo, habitante a fin de cuentas de estos tiempos posmodernos. Porque, si no, de qué otra manera se puede comprender la cultura en esta época que nos ha tocado vivir en suerte: precisamente como la superposición de capas, sentidos, pliegues diversos de signos que provienen de todas las culturas del mundo. De ahí que prohibir las fiestas de Hallowin, porque supuestamente son enajenaciones, es igual de torpe que impedir el agua en el carnaval. Las dos expresiones, aunque algunos ingenuos burócratas no lo crean así, son elementos de la cultura, aunque sean disfrazados o a punte de bombazos aguados.
Regresando a la poesía de Oquendo lanzo ahora la última pista, debería decir mi última pista, para entrar en este libro: Hay una evidente y golosa presencia de un yo poético colectivo.
Desde ese “Decidimos tener novias”, con que inicia el poema Cacería, hasta el “Hemos estado siempre juntos” del poema Años, es evidente una voluntad estética por hacer que la voz plural sea la que impulse el poema. Aunque la individualidad del poeta nunca desaparece, el colectivo que se encarna en lo que Oquendo Troncoso llama “los bíblicos”, parece alzarse con vuelo mayor.
Dice el poema:

Hemos estado siempre juntos. Comimos mazmelos alrededor del fuego y fuimos testigos del descubrimiento del frío y de los carbones de la noche.

Hombres del mundo reunidos en la fogata. Esta, que parece la imagen de una película de aventuras, o uno de los clásicos de Jhon Ford, resulta para mi modo de ver, una de las claves, de las pistas, para comprender la aventura estética, el vuelo creativo, que Javier Oquendo Troncoso ha emprendido en este poemario. La voz plural, el colectivo humano que se junta en un ritual nocturno, con las volutas de fuego y los rostros en la semi penumbra, resulta así la prueba flagrante de un humanismo que se resiste a su descomposición. Y “los carbones de la noche”, la proximidad al cosmos: principio originario de todos. Somos hijos de las estrellas, decía el genial científico norteamericano Carl Sagan, y esa premisa se evidencia en este entrañable verso.
De ahí que, en ese tránsito existencial, en esa presencia de la amistad que junta a los hombres, el poeta pueda concluir, sentenciase a sí mismo, en unos versos más adelante, en el escalofriante poema El yo del frío, cuando dice:
Hoy el hombre que llevo
no quiere deshacerme
ni empujarme a su vacío.

No el monstruo que pugna por salir, que refiriera Mayakobsky, ni el insecto de Kafka, o los hijos extraterrestres de Allien. No. Ese hombre que lleva dentro el poeta, es la suma de todos los hombres del mundo, y de la historia que los registra.
Así, el poeta cumple con su misión, con su sentido de ser y se alza, alas abiertas y mirada fija a cuestas, hacia otras latitudes, aquellas en las que puede finalmente alejarse del vacío.

sábado, junio 13, 2009

La esencia de lo femenino






El desagradable término de “poetisa”, diminutivo y peyorativo, ha sido un limitante para reafirmar a la poeta mujer. Cada vez, y por suerte, semejante palabreja, se ha ido difuminando, quedando solamente el término “poeta” para ellas también. Sin embargo el mundo ha cambiado y con ellos los más elementales conceptos. Uno de ellos el de la feminidad. Cuatro poetas contemporáneas, ecuatorianas todas, y que acaban de publicar en mayoría, junto con tres poetas varones, una selección de su poesía en el libro “La voz habitada” nos hablan, desde el lente de una mujer creadora, del acto de ser mujer en esencia en una época donde las esencias ya se han mezclado con otros aromas.



Marialuz Albuja Bayas

Las mujeres somos fascinantes. Lo digo por otras mujeres que conozco. Y lo digo por mí. Sin embargo, nuestros tesoros pueden quedarse fácilmente enterrados si no hacemos todo lo posible por rescatarlos del polvo y encargarnos de que se vuelvan parte de nuestra vida. Somos terrenales, y esa misma ‘terrenalidad’ nos garantiza el acceso a las profundidades del alma. Podemos crearlo todo, desde los hijos hasta los proyectos, delirantes o no, que ocupen el centro de nuestra motivación. Las mujeres modernas somos una mezcla de Atenea y Afrodita, siempre en pugna. Pero todas, en el fondo, añoramos regresar a los caminos de Afrodita. Nuestra esencia es la búsqueda –que no da lugar a extravíos– de ese espacio donde podemos ser lo que queremos. Por eso, mi poesía ha sido, y sigue siendo, siempre búsqueda. No de un puerto, ni de un sentimiento, ni de una verdad, sino del espíritu femenino que me habita con la generosidad más absoluta para que yo beba de su cántaro siempre que así lo desee.

Julia Erazo Delgado


El potencial de la maternidad hace del cuerpo femenino un cuerpo fuerte y ello se confirma en su proyección y representación particular. Lleva la sabiduría protectora para que la especie humana no se extinga. Ello de por sí la engrandece, sin embargo, hablar de mujer es hablar de algo más. La mujer ha cumplido varios roles, no siempre justos, a lo largo de la historia. Ello le ha permitido desarrollar facultades emocionales y físicas difíciles de superar como la tolerancia, la resistencia, la paciencia, la capacidad de resolver varias cosas a la vez, la intuición, la estrategia. La mujer fue invalidada como ser humano por siglos, relegada a tareas domésticas y manuales. Por suerte, ahora, después de haber conquistado muchos espacios que le correspondían, por fin tiene la oportunidad de expandir su inteligencia y su sensibilidad hacia nuevos horizontes. Y lo mejor es que puede hacerlo como profesional, intelectual, artista, madre, compañera, ama de casa, todo a la vez, y no morir en el intento.


Ana Cecilia Blum


La historia ha sido interpretada según los principios patriarcales de la cultura. La presencia y la labor de la mujer se han visto devaluadas frente a la del hombre porque a lo largo del tiempo ella aparece como un contribuyente marginal al desarrollo y a la experiencia humana y social. Ante este escenario, la esencia de la mujer devela su fortaleza interior en acciones concretas y en su resistencia para enfrentar desafíos individuales y colectivos.
Su esencia la hace diferente, pero igual al hombre. Diferente, porque el mundo del hombre es como un gran mapa, mientras que el de la mujer está cargado de detalles. Igual, porque también la mujer posee la capacidad de transformar la cultura y la historia siendo líder, escritora, educadora, científica, artista y ciudadana responsable. Las viejas concepciones la encerraban en un círculo de dulzura, virtuosismo, maternidad, tolerancia y víctima de las circunstancias. Hoy, la esencia de la mujer cruza las calles, ocupa una banca escolar, se sienta en una silla presidencial, asume con miedos o sin miedos el comando de sus días.


Carmen Inés Perdomo Gutiérrez


La palabra que para mí define a la mujer es “intensidad” que en un sentido amplio implica un ser total. La vida de la mujer surge de experiencias, a veces, atravesadas por el dolor, piedra angular desde el que levanta esas frágiles pero al mismo tiempo perdurables estructuras que son sus vivencias. Ellas se construyen gracias a un oficio que la mujer, en este caso la poeta, lleva hasta las últimas consecuencias bordeando los límites del caos en donde cada palabra y cada pausa se acoplan para engendrar el cuerpo liviano de la hoja escrita.
Muchas veces nos vemos atadas al fracaso o a la sumisión, ese olvido de nosotras mismas es el protagonista de los silencios y hace que en un acto de fe libere la más ardua y feroz batalla con las palabras que son las que asestarán el golpe final.
Este laberinto de sueños e inquietudes me impulsa a encontrar la salida y es la voz que me libera de las sombras y me permite crear. Esa es la esencia fundamental de mi ser.