martes, mayo 01, 2007

NUEVA COLECCIÓN EN EL ANGEL EDITOR: Lienzo del Ángel

El Volumen 1 de la nueva Colección “LIENZO DEL ANGEL” de la Editorial EL ANGEL Editor, acaba de aparecer. Se trata de un trabajo de prosa poética y narrativa titulado SIMPLEZA del novel escritor VICENTE CHÁVEZ CRESPO.

El día jueves 03 de Mayo, a las 19h00, en el Centro Cultural “Benjamín Carrión”) Páez y Jorge Washington), se hará la presentación de la nueva colección, así como del libro.

La presentación del libro estará a cargo de los escritores Elsy Santillán Flor y Raúl Rojas Hidalgo.

Vicente Chávez Crespo (Azogues,1957), ha sido Administrador de Empresas, con estudios complementarios en la universidades de Pittsburg y Cornell así como en el INCAE, se dedicó prácticamente toda su vida laboral a la dirección de Recursos Humanos, también ejerció la Gerencia General de Empresas relacionadas a este campo. Actualmente es empresario y dirige sus negocios, al tiempo de calificarse como: “Azogueño, escritor improvisado”

Pudo escribir varias historias en cinco décadas intensas de amor, pasión y esperanza, su obra principal se resume en cuatro poemas que le brindaron hasta la presente fecha, cinco nietos.

El editor dice sobre este libro: Al sitio donde viven los recuerdos. Al tiempo donde permanecen las ideas eternas de la infancia (de aquella vida de placeres aprehendidas por los sentidos), parece conducirnos este libro de Vicente Chávez Crespo.

Su imaginario es un cúmulo de pequeñas cosas donde se hallan sumergidas las palabras más simples y profundas de la vida. Aquellas que buscan los escritores que quieren comunicarse con su mundo interior y con su lector verdadero.

Simpleza es un libro que ha adquirido la madurez en el momento en que su autor ha regresado a ver a la literatura como el motor para transportar su verdad y sus fantasías.

Un libro para leerlo en los momentos en que uno necesita un abrazo, un respiro, un vientecillo silencioso y fresco. Así, como si fuera un buen vino añejo, que ya no necesita consistencia. Que lo único que necesita es ser bebido. Y ser amado.

EL VIAJE

Es fuerte el calor. Por la emoción del encuentro no me percato que el paisaje ya había cambiado. Dejamos las cumbres, dejamos el frío y más de un recuerdo que habré de recuperar en pocos días.

El paso lento y pausado del híbrido móvil: un medio camión y medio colectivo. Quien conduce no entiende la prisa, le llena el hastío.

Impertérrito y pensativo, el chofer conduce a la costa. Hay un fuerte ruido, pues siempre suena y cruje el vetusto Ford.

El llano ha llegado y el corazón se agita con el letrero del desvío.

¡Por aquí, por aquí señor!... ¡A la derecha!

Se rompe el silencio, como que despierta. El chester se prende y deja el aroma en buenas pitadas.

Cañas por los lados, melaza en las calles; mientras un tren pasa por la puerta de la propia casa

Con el último vagón se desprende el velo, color amarillo, puerta despintada.

Golpes que martillan.

El hijo ha llegado.



¿EN DÓNDE SE ESCONDEN LAS MUSAS?

¿En dónde se esconden las musas?, ¿Por qué nos abandonan en la cotidianidad, y no me ofrecen la inspiración anhelada?

¿Por qué no puedo escribir si no las siento?, Y ¿por qué ya no vivo sin ese aliento?

¿Por qué irreverente se destaca solamente lo previsible? ¿Por qué ya no vibro con las mañanas que ahora solo esperan la noche?

¿Por qué te has ido dejándome solo? ¿Por qué te robaste mis ilusiones, incluso el sueño?



EL CUERPO EN TRES TIEMPOS


El No. 10 de la Colección EL ANGEL TERRIBLE de ELANGEL Editor es el libro "El cuerpo en tres tiempos" de lA escritora Tatiana Cordero.

Las palabras que forman estos poemas son bailarinas. Están hechas de un material etéreo que invita a moverse, que seduce y que convoca.

La poesía de Tatiana Cordero se maneja desde lo conceptual. Se reafirma en la síntesis y se refuerza en la femineidad del erotismo. Un erotismo tan implícito y con tanta novedad que no esta vinculado con lo burdo ni con impresiones corporales.

Los tres tiempos de este libro parecen ser tres espacios de reflexión sobre el amor, el cuerpo y el deseo. Tres posturas sobre una misma idea que se bifurca y se vuelve a unir para, a través de la diafanidad de estos textos, entregar un mensaje que atraviese la idea del feminismo y llegue a una verdad única y hermosa: la poesía, que, como todos sabemos, va más allá de cualquier postura crítica o social.

Tatiana Cordero se inaugura con este libro y pasa a formar parte del catálogo de extraordinarias poetas del Ecuador.

Tatiana cordero Velásquez (Quito 1961) Estudió leyes en la universidad Católica de Quito y realizó una maestría en estudios de la mujer en el Institute of Social Studies, en la Haya, Holanda. Su pasión por el cuerpo, la ha llevado a trabajarlo en investigaciones sociales, artículos, ensayos y propuestas culturales. Ha sido profesora invitada en los estudios de postgrado de Género, en la Universidad de Cuenca y en FLACSO-Quito.

En 1983 ganó un segundo premio de cuento en el Concurso hablo Palacio de la Universidad Católica de Quito, aunque es la poesía su “pulsión vital”.

I

el cuerpo ondula

serpentea

buscando caracolas

que no encuentra.

sólo

el agua,

puede calmarle.


II

Cita?

antes

que me duela

el cuerpo.

(la poesía no entiende de exageraciones)


V

el mar

tiene su noche

yo como

y bebo

frutos líquidos


VII

Amanece

en su cuerpo,

en sus bordes,

juegan

los pájaros.


X

Cuando

no escuche

tu eco,

me habré ido.


XI

amanezco contigo

pegada a la piel

y al recuerdo

indolente te quedas

como una cicatriz

que recuerda la huella


XII

ya no son los posibles

los que nos rondan

ya no nos buscan

ni los buscamos

impostergable

flota

lo imposible


XIII

no me inquietes más ahora

dejemos ya a los muertos

enterremos los huesos

que de la carne nada queda


XIV

se silenció tu nombre

por sí mismo

tu voz

se quedó en el vacío

donde todo empieza

y todo termina


domingo, abril 29, 2007

REQUIEM POR MARIO

Hace unos días el poeta y académico de la lengua, Mario Cobo Barona, murió de un infarto cardiaco, dejándonos un poco huérfanos a todos los que lo queríamos y admiramos. Escribí este artículo en su homenaje. No es más que un reconocimiento de amor por su persona.

Alto. Espigado. Con garbo al caminar. De cara dulce y amigable. Así lo veníamos los que lo queríamos. Que éramos muchos. He llegado a pensar que somos todos los que queríamos a Don Mario Cobo Barona. Y ya no hay muchos a quien querer así.

Hace unos meses presentó mi libro Salvados del naufragio, junto con Iván Oñate. Sus impecables discursos: sonoros, canoros, seguros, siempre impactan. Luego lo entrevisté en una bella página que alguna vez publicaré en un sendo libro de entrevistas a escritores ecuatorianos e hispanoamericanos. Más tarde quedamos en preparar juntos la antología poética de nuestra provincia en el siglo XX. Él era el idóneo para hacerlo. Él tenía el temple y el coraje del Dios Apolo. Además de la pasión que emanaba por las calles marmoteadas de sus poemas, de sus sonetos, de sus romances, de su prosa pulida por un cincel de diamante.

Mario era pasión y trabajo. Con Mario no se jugaba. A él no le metían gato por liebre ni en la poesía, ni en la vida. Pero era tan amable, tan cortés, tan Barón de antigua casa palaciega, que era imposible encontrarle defecto a viva voz. Habría que excavar en su vida para encontrarle algo disímil, y en eso no nos metemos sus amigos, porque consideramos que Mario se fue sin que sea tiempo para irse, para dejarnos a todos los ambateños huérfanos a destiempo, como si no tuviéramos problemas, dificultades y, sobretodo, porque estamos carentes de amigos y Mario era impecable para la amistad. Su fraternidad estaba impermeabilizada. Había allí un tremendo respecto y una vocación genuina.

Académico. Prosista a lo Cervantes. Metrista a lo Garcilazo, sonetista a lo Petrarca y amigo a lo discípulo. Así, como el buen Jesús de Nazareth, abrió sus brazos a sus contertulios jóvenes. Así me abrió su corazón partido en una cañón de maravillas. Es el poeta de Ambato por excelencia, la voz firme de un corazón plegado al sol.

Mario te queremos todos. Porque gracias a ti la poesía de Ambato siempre rondó la esperanza. Siempre es temprano para tu partida. Pero, eso sí, te prometemos, aquí nos quedamos los que te queremos y te seguimos para cantarle al mundo y decirle a la Patria que tú eras el poeta de los mármoles y el amigo de todos. Gracias por haber existido. Ahora tus libros te harán vivir en el paraíso. Amigo.

miércoles, abril 18, 2007

UN AÑO EN EL BLOG

Amigos queridos, un año en el blog, he disfrutado, he sufrido, sigo sin conocerlo bien, sin explorar sus bondades. Pero las más grandes bondades han sido mis lectores, mis amigos. A ustedes mi agradecimiento. Los quiiero mucho. Deseo siempre que seamos uno en este espacio. Gracias a todos.

sábado, abril 14, 2007

DE LA POESÍA Y SU PORQUÉ

Yo no sé para qué sirve la poesía.
Ahora la poesía no sirve, más que nunca, para nada.
Ahora la nada es un poema.
La poesía es una nada.
Ahora no conmueve nada.
Ahora conmueve el hecho de que la poesía le conmueva a alguien.
Ahora quien se conmueve con la poesía es un ser conmovedor.
Ahora la poesía no es conmovedora, sino el que se conmueve con la poesía.

A Homero le sirvió para escribir las epopeyas. Y para rescribirse, y revivirse, y saber que existió un griego que reinventó la guerra y la aventura en los versos. Y que existe aún y que está sumergido en un mito, aunque haya gente que afirme que Homero no existe. Y que la poesía de sus monumentos mitológicos son solo referentes poéticos. Es decir que, en el caso de Homero y de los mitos griegos, la poesía servía para crear al hombre que la escribe.

En el caso de Cervantes sirvió para socializar un idioma. Y amparar a un idioma. Y estructurar un idioma. E idiomatizar a un pueblo. Y entregar las palabras, y labrar los significantes, Y apropiar los significados, y descubrir los silogismos, y ampliar los continentes verbales, y ponerles rumbo a lo que el pueblo habló. Es decir que a Cervantes le sirvió la poesía para inventar un idioma.

Y a Salomón, para amar en las palabras. Y para sentir placer en el jugo ductil de sus versos bíblicos. Y para enorgullecerse en los conceptos del amor puro, del sexo, de la vida. Y para explicar el significado de la vida, del amor puro, del sexo, de los ventarrones de vida. Y para ser un poco más felices. Y para enamorar. Y para entregar y entregarse. Y para recibir y recibirse.
Es decir que a Salomón le sirvió la poesía para amar y para vivir y para morir.

Y para Vallejo, fue medicina para el destierro, cuando la poesía más triste del mundo puede ser la más potente de la eternidad.

Y para Rimbaud, la poesía, fue el muro. Y en ese mismo momento es cuando él rompió el muro.

Y para Baudelaire, la poesía, fue el demonio. Y con ella mismo luchó con el demonio de carne y de palabras.

Y para Neruda fue el mar. Y fue Matilde. Y entonces fue cuando todas las mujeres del mundo en la poesía de Pablo se llaman Matilde y son del mar.

Y para Girondo fue el juego. Y entonces la poesía le hizo el niño más inteligente del mundo.

Y para Cardenal es el cosmos. Y entonces su habito fue libre e infinito. Y sus palabras son todo el universo.

Y para Rilke fue la personalidad de cosmopolita. El mismo verbo de sus cartas. La poesía lo desterró hasta donde solo se puede hablar y vivir y contemplar y comer de la poesía. Y solo eso. Y solo la poesía.

Y para Federico fue la vida y fue la muerte.

Y para Miguel fue la muerte y fue la vida de su hijo.

Y para los otros, para todos los otros a quienes amamos, a quienes leemos, a quienes sentimos y de quienes ha salido la poesía de la gigante isla planeta en el que vivimos, es la inmortalidad. El saber que están vivos los poetas, en sus libros, que tienen en sus letras el camino. Que con ellos hay paz. Y hay guerra. Pero con ellos hay más paz que guerra.

Y aún así no sé para que sirve la poesía.

¿Para amarla?

DAVID LEDESMA: 46 AÑOS DE SU CORBATA AMARILLA

A propósito de la aparición de su obra
completa
Tal vez la historia le salto el fuego eterno a David Ledesma. Porque David debe ser inmortal casi por una obligación del cosmos o de los ángeles. Acaba de cumplir 46 años de su muerte. Se murió un jueves santo -30 de Marzo de 1961-, como profetizó Vallejo que se debe morir la poesía, y resucitarse en las letras. Y David se fue como un ángel. Según las fotografías, tenía una boca extremadamente dibujada. Parecía una cereza. De voz varonil, dicen, pero muy frágil -figurita de seda-. De padre machista y madre complasciente, David se descarrió, y le tocó sufrir a palo alzado la hecatombe: "Me gritaba mi padre diariamente:/ -Estudia la aritmética,/ aprende la aritmética!.../ Si no sabes la tabla de sumar,/ no irás al cine el domingo,/ ni al carrusel, ni al foot-ball.../ Hay que saber que dos y dos son cuatro/ para poder vivir.// Me rogaba mi madre, entristecida:/ -Aprende la aritmética,/ estudia la aritmética:/ si no sabes restar ni dividir/ no tendrás un futuro,/ ni dinero, ni casa, ni amigos, ni coche...// Y no aprendí las tablas de aritmética./ Ni he logrado el futuro, ni el coche, ni el amigo;/ pero he tomado todos los dones de la vida,/ gozándolos intensa y plenamente". Publicó, parca pero magistralmente, ínfimos folletines de poesía, que se han convertido en la vertiente obligatoria de cualquier poeta del país y de América -la lengua y la verdad se postran ante Ledesma-. "Cristal" (1953); "Club 7" (junto con Ileana Espinel -su amiga y novia eterna-, Sergio Román Armendariz, etc.); "Gris" (1958); "Los días sucios" (1960); y obras póstumas como "Cuadernos de Orfeo" y "antología general" (1962). Este David -casi extraído de la mano santa de Miguel Angel o de la Biblia-, llegó a verse frente a frente con el verso desnudo y el amor a graneles de cósmica luz, enfrentándose a la figura masculina de su embeleso, de donde surge la poética más firme del país: "...Su cabellera/ estaba coagulada en duros bucles/ que bien podían ser la miel del bronce./ Eran sus ojos de un color absorto/ que fluctuaba entre el verde y el marrón.// Vino lleno de luz. Era su alma/ apacible como un río de versos...". Este David desprotegido, anunciado entre una manifestación de horribles cánones, en un país y un mundo desprovisto del ungüento sensible. Se ahorcó con una corbata amarilla, que fue un obsequio de quien lo amó. Se fue marchando al infinito: "He muerto en mí para resucitarme./ Un nuevo ser me viste./ Ya no puedo decir que soy un hombre/ ni que vivo en tal parte,/ ni que amo,/ ni que soy./.../ Y ardo/ nada más./ Tocado estoy de Gracia y de Misterio". No se ha podido conservar el lomo intacto de este bronce incólume, que es la voz de David Ledesma, en la poesía. Exigimos que alguna editorial publique la obra completa de David, del pobre David que lo colgaron en la nube de los desposeídos, pero, sobretodo, en la de los poetas, que tienen el jueves santo de Vallejo, como para no morir jamás, ahorcados en el olvido.

MANUEL ZABALA RUIZ: UN GRAN POETA DESCONOCIDO


Manuel Zabala Ruíz es un poeta inmenso al que, injustamente, se lo ha olvidado.
De parte y parte viene la culpa de este involuntario olvido. El, por su parte, sumergido en la cátedra, no ha podido promocionar su obra a cabalidad. Sus lectores, que son muchos, han optado por recolectar su obra en copias "xérox", para disfrutar de su palabra. Las editoriales han estado un tanto despreocupadas de su obra. Obra inmensa, que quedará para otras generaciones, testimoniando la gran poesía de la Patria.
En una conversación que tuve hace ya algunos meses, con Franklin Cárdenas, un hombre de empeño y letras, coterráneo de Manuel Zabala, y Presidente subrrogante de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, me hizo precisar uno de mis mayores sueños, el que se pueda publicar la obra completa de Zabala Ruíz. Hice, entonces contacto con el poeta, después con los editores, y ahora ya, gracias a este empeño, tenemos el libro hecho, a nuestro gusto, para satisfacción de los nuevos lectores.
Gracias, ahora, a "LIBRESA", a la Casa de la Cultura Matriz "Benjamín Carrión" (Con la bella edición de poesía junta No. 5), y a la Casa de la cultura Ecuatoriana Núcleo de Chimborazo, hemos podido cumplir el sueño de reunir la pequeña obra completa de Zabala Ruíz para todos sus lectores adictos, y para todos aquellos que tienen placer ante la lectura de la maravillosa poesía.

El Contexto generacional del poeta

Si la generación de los años treinta dio la gran narrativa de la Patria, pienso que los años sesenta fue una época donde se dio una gran poesía. Una madura poesía, nuestra de verdad, vista con puntos netamente nacionales y universales a la vez. Voces que se despuntaban en nuevos caminos, nuevas connotaciones poéticas, giros lingüísticos, novedades fonéticas, discursos poéticos de largo aliento.
Tobar, Samaniego, Granizo Ribadeneira, Barrera Valverde, Jaramillo, Villacís Meythaler, Espinel, Ledesma, Iza, Granda, Pesántez Rodas, Astudillo, Preciado, Arízaga, Arias, Luna, Pasos, Vinueza, Manzano, son poetas importantes de la citada generación. Todos ellos, alguna vez pasaron por alguno de los grupos literarios de esta época. Pero ya son islas poéticas porque ya son un estilo, una definición palpable del idioma, un discurso hecho, una sensibilidad lingüística propia. Autores de una poética madura y audaz. Lúcida y procaz. Digna de las mejores líricas de América.
A está generación -diríamos en la primera etapa de esta generación- es nuestro poeta Manuel Zabala Ruiz
Acogido en el grupo "Caminos" -que fue fundado en el año 1955, por un grupo de poetas del Carchi que eran liderados por Wilson Burbano-, Zabala Ruíz era el mayor del grupo, -y también el mayor poeta.
Si bien es cierto que Zabala Ruiz vivió inmiscuido en el florecimiento de esta generación, su trabajo siempre se dio en solitario. Su trabajo fue y es una isla en la literatura del Ecuador. Hay desconocimiento de su obra, porque Zabala Ruíz no ha pretendido difundir su trabajo en forma de comercio. Zabala ha preferido ese silencio digno de la humildad bíblica. De esa humildad de los poetas legítimos, que se descubren cuando tiene que ser. Como es la auténtica poesía.

Zabala: vida, premios, cátedra, libros:


Manuel Zabala nace en Riobamba. En esa, como él la llama: "Tierra del indio duro como roca en tormento;/ tierra para vivirla como se vive un cuento.../ Sultana de los Andes y Capital de Quito..." (Epinicio: Oda a Riobamba). Hijo de Don Manuel María Zabala y Doña Sabina Ruíz Darquea. Es el penúltimo hijo de seis hermanos, de los cuales todos son mujeres. Era el año de 1928: "Yo vine al siglo veinte sin fraque ni librea,/ con el mayor disgusto, sin la menor idea,/ a pujos, manotazos, empellones brutales,/ con fichas y con números; con pelos y señales.// Sin más ni más me ataron de tal manera al piso/ que ya me fue imposible volver al paraíso...", La vena poética de Manuel comienza a ver el mundo diferente, austero, silencioso, y rico en todo tipo de metaforización, dice, por ejemplo, para ilustrar lo dicho: "A los seiscientos días de andar entre la gente/ se me ocurrió mirarla de un modo diferente...".
El poeta inicia sus primeros estudios con los Hermanos Cristianos en su ciudad natal, hasta cuarto grado de escuela que, con su familia, vienen a radicarse en Quito, en donde se incorpora a la escuela del "Cebollar", también de los Hermanos Cristianos, los mismos que, viendo la vocación del poeta ante la vida religiosa, deciden llevarlo a Cuenca, a terminar su instrucción primaria y Secundaria, guiando su camino de adolescente, para que llegue a ser un Hermano Cristiano de la comunidad, en el Seminario Menor de la "Sultana de los Andes". Dice en su poesía autobiográfica: "...Yo amarré mi cometa junto al Cristo de roca/ porque se hizo gorrión y estaba medio loca;/ porque al volar en medio de la tarde cereza,/ se relamía el alma como santa Teresa.
La escuela y el colegio es un tiempo primordial para un poeta, y para Zabala es, aún más, casi definitivo: "...Luego vino la escuela, siniestra, siempre en vela./ (Yo quisiera callarme para siempre la escuela,/ las notas reprobadas, el zarpaso del gato/ y esas ganas terribles de comer cada rato)...".
Regresa a Quito, dejando la vocación de Hermano Cristiano, y se gradúa de bachiller en el Colegio "Montufar" en 1948. Comienza su carrera Universitaria en Quito, donde estudia Castellano y Literatura en la Universidad Central del Ecuador, hasta licenciarse.
Desde allí hasta siempre, Manuel, el maestro, el profesor, ha dejado gratísimos recuerdos en todos los casi diez mil alumnos que han cruzado por las aulas donde él enseñó el lenguaje de los poetas.
Su inicio como catedrático se dio en el Colegio "San Pedro Pascual", mientras hacía su práctica docente en el colegio "Manuel María Sánchez. Ha impartido su conocimiento en colegios como el "Theodoro W. Andersón, el "Benalcázar, así como en la Facultad de Filosofía, Escuela de Castellano y literatura de la Universidad Central, por treinta y dos años. Actualmente sigue impartiendo cátedra en el colegio "Liceo Policial".
Publica su primer libro "La risa encadenada" en 1962, que sale como una separata de la revista del Colegio "Benalcázar". En éste se publican trabajos ya maduros, conocidos por todos los intelectuales y poetas de la época. Más tarde se publica "Teoría de lo simple" en 1970, por la Casa de la Cultura Matriz; y por último la Casa de la Cultura lo publica en la Colección Básica de autores Ecuatorianos, No. 78, el libro antológico "Rumbo al otoño" (1986), que contiene el libro inédito "Variaciones del Estío".
Ha sido un poeta que ha obtenido algunos premios. Sus poemas "Biografía Humilde", "Dibujo de la mañana" y "Teoría inédita del espejo" han sido trabajos premiados en los concursos de la Universidad Central, cuando él fue estudiante de la misma. Sus premios mayores los ha obtenido en Guayaquil. El muy conocido premio de Diario "El Universo", "Ismaél Pérez Pazmiño", lo ha tenido en su terna ganadora en algunas ocasiones. En 1961 gana el segundo lugar con el poema "Laberinto", texto éste que se lo considera de una vanguardia, una frescura, una ironía y una calidad insuperable. Otro segundo premio, en el mismo concurso, se lo concede en 1964, con los "Sonetos de redondel", un conjunto de doce piezas, donde se plantea en forma consonántica todo el trajín de la "torería". En 1966 el mismo premio le concede una mención especial a su poema "Inmersión"; hasta que en 1992 gana el Primer Premio Nacional con el poema "Los cuadernos del salmista", un conjunto de octavas reales sobre el tema religioso.
Su obra es corta, pequeña, casi mínima. Un poeta que ha trabajado el poema como un libro, como un trajín real. Hay que admirar su empeño y dedicación en la poesía formal, el ritmo y la intención poética nueva, refrescante, única.
Manuel Zabala ha sido incluido en varias antologías nacionales e internacionales. Una de ellas es la compilada y realizada por Jorge Enrique Adoum: "La poesía del siglo XX", donde junto con 58 poetas de la Patria, plantean el discurso poético del Ecuador. Está en los índices de los hermanos Barriga, la Poesía Ecuatoriana de Hernán Rodríguez Castelo, las obras antológicas de Rodrigo Pesántez Rodas, entre otras muchas, que reflejan su calidad.

Su pequeña obra completa

Manuel Zabala es el único poeta de este país que ha concebido a sus poemas como antológicos. Escritos con esa maestría digna de los mejores sonetistas de la España de Oro (Góngora y Quevedo); con esa tristeza endurecida del París frío de Vallejo; con ese ímpetu localista, irónico, universal (Lope de Vega); con la ternura formal de un poeta que sufre (Hernández); con la universalización de su discurso a través de la obtención poética de una voz colectiva (Octavio Paz). Es decir es el poeta que hace que cada texto poético suyo, funcione como un libro, como una novela, como un cuento.
Todos sus poemas son individualizaciones poéticas. Y no solo lingüísticas, sino temáticas. Es decir, Manuel Zabala, no se repite nunca en el tema general. Razón por lo cual sigue siendo uno de los más extraños casos de la poética nacional.
Su obra completa contiene ochenta y un poemas, de los cuales 48 son sonetos. Todos han pasado por la esgrima del poeta. Esa autocrítica envidiable del poeta que lima la palabra, hasta alcanzar el hallazgo y, como el poeta llama a la sensibilización del lector, logra con sus poemas. El lo hace diariamente, con esfuerzo, con gran calidad. Son casi 70 años de vida del poeta y solo 81 poemas, dicen mucho.
Cada poema de Zabala tiene un ritmo interno y externo (cuida las pausas, las sesuras, la consonancia y asonancia lingüística, el encabalgamiento, la puntuación que ayuda al ritmo).

Yo diría que Manuel Zabala no tiene poema malo, pero diría más, Zabala no tiene verso malo. Todos están allí por algo, esperando el desgarramiento del lector abigarrado en la sensibilidad más alta.
La soltura de su imaginación, la descripción perfecta, la sutil modulación de su voz más alta,cuando la situación que narra está en el punto más elevado que la constante de su estilo.
Zabala es recatado, límpido, buscador del vocablo perfecto y no del sinónimo forzado. A la palabra le individualiza, le hace única, insuperable. Hay una revalorización de la palabra, en esta poesía. Se la vuelve a sentir en la significación original, en el génesis morfológica de la misma.

Algo digno de anotar -tal vez lo más importante en esta poesía- es la dosis de humor que en ella existe. Un humor a veces patético, a veces negro, muchas veces repleto de reflexión y de ironía. Poeta que maneja un humor digno y alto, en donde no se da solamente la gracia, sino la filosofía de esa gracia. De esa risa escondida (acuérdese que su primer libro se llamó "La risa encadenada). Lo más impactante, dentro de su estilística es, probablemente, el dominio de las cosas, sus prosopopeyas encendidas, el hilo medular de sus historias, donde todo tiene un condimiento adjetival, una figura que contrasta, un nuevo rumbo. Nada es lugar común, todo es nuevo y hasta sofisticado, todo entra en el lector como una imaginería grandilocuente y de sorprendente lirismo.

Manuel Zabala Ruíz es el poeta que ha sido fiel a su estilo y ha sabido manejar la retórica, el verso clásico y la rima, de una manera nueva, novedosa y magistral.
Poeta del asombro, de los grandilocuentes impactos. Poeta de la alegría, no hay tristeza, en su poesía, no hay desasosiego, ni ira, ni penumbra en su poesía. Su poesía tiene de magia, de "pequeñas cosas", de grandes emociones, de situaciones concretas que pueden ser narradas, pero que el poeta los representa con una originalísima forma de ver el mundo.
Es un poeta que a fines del siglo XX, sigue utilizando la rima, el verso métrico. Y esto puede chocar a los poetas de la vanguardia, que creen que la forma (o la no forma) es lo básico dentro del fondo. Pero después de leer a Manuel Zabala, creo que uno se queda perplejo ante la maravilla de su discurso, su ritmo interno y externo, su magia en el lenguaje -un domador de la lengua de calidad indiscutible (es que también uno debe saber a qué poeta se lee. En Zabala la rima es altísima, manejada con una maestría única e insuperable. No todo el que escribe con rima es poeta -ni tampoco todos los que escriben en verso libre-. Hay que diferenciar lo rimoso, lo verboso, lo repleto, lo manido, la verborrea, lo inicuo, lo absurdo
Zabala es un poeta totalmente sumergido en una realidad concreta, que es la poesía. La poesía como estado de ánimo, como realidad nacional, como situación del hombre.
Poeta de una originalidad extraña, única, sorprendente.
La otra parte es la "sensibilidad" del poeta.
Y una parte más -y muy importante- es, lo que Zabala llamaría, "el desgarramiento sentimental" del lector, del invitado a las páginas de este libro, al que, yo lo sé, porque a mí me pasó, no se lo va a olvidar nunca.

LA LUNA VIOLETA DE VIOLETA LUNA

Violeta Luna parece ser un verso. Es el nombre de una mujer, pero más bien parece un verso escrito por la mujer que lleva este nombre.
Una mujer nombrada así tiene que estar condenada a la escritura. Este libro, en el que se encuentra la mayor parte de su obra poética, lo confirma.
Esta mujer con el nombre de un verso es una de las voces más firmes, grandes y verdaderas de la lírica del Ecuador.

Pero Violeta no dice ser una violeta, sino, más bien:

Un ciego laberinto de ternuras,
un lánguido gorrión que se acobarda
del sol y la mostaza.
/.../
Soy solo el verbo ser ya conjugado
en todos los pasados.

Un halo de humildad franciscana rodea a esta voz vibrante, extraída de las más secretas fibras de un intelecto moderno y trashumante. El dominio del lenguaje, en esta mujer, se deja ver, precisamente, en la simplicidad. Aquella simplicidad que Borges gritaba desde su Arte poética, en la que, como un eco templado de Heráclito, solo quiere mirar el río, y quiere ver todas las aguas que cambian. Nada más. Con ello ya se ha hecho el milagro de la poesía. Esto es la complejidad de lo simple. Y para llegar a ello uno debe exigirse paciencia y humildad.
Pero además, la poesía no ha perdonado nunca la osadía de la vanidad. Violeta tiene el rasgo verdadero de la honestidad en su palabra, además de la sugestividad para trabajar una lírica hermosa y duradera. Y el tiempo la ha afirmado en el puesto en el que comenzó y permaneció. Allí, donde las palabras son las guardianas del Parnaso.

Nacida en Guayaquil en 1943, su niñez y adolescencia vivió en los fríos parajes del mágico San Gabriel en la provincia del Carchi. Fue y es parte de una vibrante generación de poetas nacionales que hicieron el nuevo discurso, que fabricaron la nueva voz: Ileana Espinel, Euler Granda, Ana María Iza, Carlos Eduardo Jaramillo, Manuel Zabala Ruiz, Fernando Cazón Vera, Rodrigo Pesantez Rodas, Carlos Manuel Arízaga, Ulises Estrella, Raúl Arias, son, entre otros nombres, los poetas indispensables de los años 60. Ellos eran el frente del verso en esta Patria de poetas medulares.
Violeta llegó con el verso diferente, como llegaron todos los nombrados, para romper el canon, para quitar las espinas del campo, y salir a caminar por las praderas de un discurso renovador. Y así se dio.

Muy joven, de 21 años, Violeta publicó un libro con otros autores, en el que se daba a conocer. Con esos poemas ganó un premio universitario. Luego, nuestra Luna Violeta, publica, a año seguido, en 1965, un segundo libro, y el primero individual, con un sugestivo y poético nombre: El ventanal del agua, volumen que, la autora, ha decidido no incluirlo en esta muestra.

Con el sol me cubro es el título que abre este volumen de Poesía junta y fue publicado, por primera vez, en 1967. Es la puerta que confirma su caminar. De este libro, la autora ha seleccionado cinco poemas. El primero de ellos es ya un cachetazo hacia la libertad renovadora. Aquella de las que alguna vez hicieron uso las Juanas de México y de Uruguay, así como la Storni, que, aún ahora, desde el mar, se la sigue escuchando llamar a las nodrizas que pueblan sus versos.

Nuestra Violeta ecuatoriana se abre en sus pétalos crujientes de buena savia:

Adentro de esta piel soy un navío,
navío solitario
en donde quiso el mar amontonarse.

Tenía 23 años cuando esta mujer sensible se comparó con el mar. A partir de allí, la voz poética de estos sonoros y cadenciosos versos, se comparará con casi todo: con toda la materia, con toda la energía, con todas las fuerzas, con todos los elementos que conforman al mundo y nos conforman: Quisiera de repente/ fingir que soy cordero,/ que soy pescado tierno o dulce pájaro,/ que soy una laguna,/ un canto atravesado por la brisa. Pero ello no implica ni vanidad ni capricho ni simple metáfora en su autora. Es la clave que perdura en el camino de esta poeta hasta sus últimos trabajos. Es la columna vertebral de su discurso. La voz poética quiso ser todo y de todo, y además tocar el universo y tocarlo en las palabras, como la eterna lira horaciana que se sigue escuchando, cada cuando en cuando, en algunos poetas verdaderos de voz elástica que siguen alimentándose de los cantos de gorrión de las mañanas.

Algo que también es digno de admiración en esta poesía, es la forma de enfrentar las palabras. Violeta Luna (como muy pocos poetas) abastece a su poesía, sin regañadientes, con la pureza de nuestro idioma. No ha recurrido en ningún momento de su sendero poético a neologismos noveleros o a onomatopeyas imprecisas. Es una poesía impecablemente castellana. No ha dislocado al lenguaje ni ha trastrocado su original postura.

LAS MUTACIONES DE UNA VOZ POÉTICA

La poesía de Violeta Luna se transforma en otras cosas. Su estilo personalísimo ha tocado el punto de la metáfora hasta volverlo uso común. Estamos frente a una poética de las cosas, de las formas y de los sentidos. En esta poesía la voz poética deja de ser y pasa a ser otra forma, otros hechos, otras figuras: Y para ser feliz no basta mucho,/ sería necesario para serlo/ haber nacido perro, gato o potra,/ poder andar en cuatro y comer hierba...

Ser otro u otra, como escribió el monstruo de Rimbaud cuando se dio cuenta que su yo, no era el yo preciso. Él era otra forma de vida, en sí mismo. Así, la poesía de Violeta Luna se vuelve una encrucijada. Un crucigrama entre el cuerpo y el alma:

Fui luz siendo tiniebla,
campana siendo golpe,
durazno siendo espina.
/.../
Un día sin ser yo fui todo aquello.
Ahora soy yo misma y en tu vida
no puedo ser ni el agua ni el pescado.


LA MELOPEA DE LA LUNA VIOLETA

Otra clave que se deja ver y sobretodo oír en esta poesía, es la musicalización y el ritmo. No es una rima consonántica ni cerrada en forzadas intenciones léxicas; resulta más bien, el personal canto de una voz que sabe que la música se aposentó hace siglos en la piel tersa de la poesía: “Empiezo a ver tus llagas/ tus llagas de madera abierta a golpes”. La utilización de sugerentes figuras de repetición, como el retruécano, que juega con la música y la significación: “Que cante por el fin de tanta guerra,/ que llore por la guerra de los fines”. Anáforas, conversiones, conduplicaciones y otras figuras lógicas de repetición, se dejan notar a lo largo de su obra poética, como una constante de ritmo. Del inolvidable ritmo de esta poeta, que es mucho significado y el doble de música que se contiene en un canto diáfano y melifluo, que forma la melopea de esta inolvidable poeta musical.

HABLAR SOBRE EL DURO OFICIO QUE CONDENA

La poesía pura es riesgo y es alerta

El humilde oficio del poema. El solitario mundo del poeta y ese desagradecido mundo que el poeta tiene a su alrededor, es otra preocupación de nuestra Violeta. Este oficio de la escritura se vuelve oficio inútil, pero intenso, con el que se debe luchar contra las fauces monstruosas de lo light y lo manido, con el toro cachudo del lugar común, con el aire que es sabido y consabido, con la vida que nos lanza hacia lo cotidiano y sórdidamente real.
Ella sabe que el oficio del poeta es un paso de Quijote sin su Sancho.
En el poema Un disparate noble, se deja ver su preocupación: La poesía, amigos,/ es un trabajo duro,/ más duro que sembrar albaricoques,/ más duro que clavar una bisagra,/ más duro que hacer suelas,/ más duro que hacer panes./ Por eso si escribo garabatos/ y en esos garabatos hay verdades,/ no crean que deliro/ ni que bebí ginebra./ La poesía, amigos,/ es la mejor tarea...

Pienso que su Arte poética está reflejada en esta estrofa tan connotativa como inusual, que dice:

Si me dieran a escoger
entre un árbol de guayabas
y una palabra dulce,
tal vez me quedaría
con las guayabas verdes.

Solo nuestro interior real es lo original, lo demás es una vil copia, una repetición suprema. Así parece decirnos la poeta, y nos lo dice desde ese camino tan doloroso que tiene ella, de rasgar su más interna vestidura hasta hallar las llagas y las cicatrices de su oculto discurso en donde vive la poesía legitima: cuando encuentro el lápiz/ en vez de las ideas brotan cuervos,/ retomo el pensamiento/ y en vez de las palabras salen grillos. Esa es la verdad, nuestra verdad individual, aquella que se aleja del conocimiento universal y que alberga, en potencia, a la poesía única e indefinible, así el poeta se siente desnudo y tiritando:

Hay que parir verdades,verdades transparentes,
verdades como espejos,
verdades como el agua.
Y cuando consigamos
que todas las palabras encandilen
y pueda hablar la sangre en cada sílaba
entonces creeré que hay poesía.

UN BUCOLISMO RENOVADO Y RENOVADOR

En el poemario Con el sol me cubro, Violeta Luna quiere reafirmar su condición de no ciudadana, de mujer indocumentada sumergida en el ambiente andino en donde su voz persigue las figuras del páramo y la campiña, siempre florecida y recta en sus imágenes. Lo dice literalmente Conozco más que nadie este paisaje. Y se nota que no es amenaza su sentencia, porque la poeta se reafirma en su condición de buscadora del tesoro de la tierra, del campo, cuando se reafirma en su condición diciendo que Yo solo puedo hablar de mi paisaje/ de mi esperanza tonta.

El antiurbanismo, en esta poesía, se intensifica en Memoria del Humo, tal vez, su más ambicioso y el más bello y memorable trabajo de su empresa poética. En él se identifica claramente este eje transversal de su palabra. Una voz madura que se come el paisaje en dentelladas de luz y de misterio y que juega con el lector a encontrar espacios en ese halo de vida que es el recuerdo de las atmósferas primeras, en donde fue niña, y fue terriblemente feliz. Felicidad que ya no vuelve a ver más que en las hojas, en las flores, en la fragancia y en los aromas de aquellos tiempos que han quedado en el almanaque de la niñez dibujada en un paisaje enorme, infinito, al que se regresa solamente cuando el frío del amor demanda con sus garras.

El trigo me recibe como hermano,
la hierba como hermana,
y el polvo de la tarde con más polvo.

LA AÑORANZA QUE SE LLAMA NIÑEZ

Los pueblos de la infancia son eternos

Esta poesía busca y se refugia en el pasado, en donde ya no se mueve nada más que los recuerdos que salen a invadir el corazón de la poeta como un rocío matutino que embellece el paisaje del páramo. La voz poética que habita estos versos quiere encontrar en el pasado las respuestas totales de la vida presente y del incierto y no esclarecido futuro, en donde no hay una niña que juega en la campiña (Llegar a la niñez de chocolate,/ al tronco donde escriben las abejas); una niña que mira en las cosas el hogar feliz, donde era más suave vivir ( Ayer todo era bueno./ La vida era barata como el agua./ No había atentados a la luna/ ni ruines negociados con la tierra./ Ayer era distinto…”); donde no había más requisito para entrar al mundo y ser feliz (Rebusco el sol de entonces,/ mi mundo de cartón, de cera y agua/ en donde Superman me confortaba/ y un cuervo me llevaba hacia Mandrake…).
El poema El tiempo pasado, es un texto donde se puede notar, explícitamente, toda esa carga reafirmante de creer más en el mundo que se quedó en nuestra infancia, en nuestro mundo escolar, en nuestros aromas y texturas más puras, en nuestro corazón adolescente que aún huele a uva y pomarrosa:

Las flores se deshojan y renacen,
los días levan anclas y regresan,
pero ya nunca más
la hora del ardor adolescente.

Hay en estos versos salteados de páramo y monte una constante: el amor hacia el pasado, a todo lo que ayer fue y ya no será, porque los momentos se han movido como en un tablero de ajedrez, y solo nos enseñan los distintos jaque mates que el tiempo se ha encargado de hacer a los habitantes de un mundo telúrico y turbulento. Es evidente entonces que esta poesía se halle repleta de signos, imágenes y metáforas costumbristas. La patria para Violeta es su cuaderno limpio de la vida, y su infancia es la Patria. Su país es un leiv motiv que se deja ver de cuando en cuando en varías estrofas y versos de su transparente palabra:

Si antaño fue camino de los Shyris,
país de la vainilla y la canela,
ahora mi patria es solamente
una huella del sol junto al océano.

DOS GRANDES MOMENTOS DE AMOR EN SU CAMINO

Ese árbol fue el amor
y su raíz torcida me hizo trizas

El amor le duele a Violeta. Su mejor poesía está amparada en el amor doloroso, en ese dulce y diáfano amor que se vuelve punzada tenaz en el cuerpo y en el alma; así, como los versos dolientes de Alexandre o las delicias tormentosas de la Pizarnik. En Violeta se aposenta ese fulgor descollante de la soledad bárbara de Olga Orozco y la reflexión sobre el amor paciente que no llega, que no se deja ver desde una ventana por donde Emily Dickenson miró pasar por las veredas el dolor de sentirse mujer y no sentirse amada; y no ser el mundo, aunque el mundo se le caiga encima.
Violeta y el amor tienen una guerra constante. Y el amor es una constante guerra en esta poesía en donde uno vibra, mientras la voz poética se diluye en taleguitas de amor: Ahora es el amor un punto negro/ debajo de un renglón escrito en blanco.

Su mejor poesía, la más intensa e impecable, está escrita bajo este continente subyugante del amor que duele, de la cicatriz que sangra:

Las uvas son más uvas en la rama,
el pan es más seguro en la mazorca,
los ojos miran más en cada sombra
y el amor es más amor en lo imposible.

Sus poemas líricos dan fe de un vuelo poético de impresionante calidad. La voz individual femenina (porque su voz es más femenina que cualquier feminista trasnochada) nos entrega en tristes escenas cinéticas que acompañan a la voz, piezas líricas que son de las mejores sinestesias gustativas y olfativas escritas por alguien de la generación de su autora: Verás que amar es fácil,/ es algo semejante/ a masticar sandías en la tarde.
En esta poesía de amor hay, inclusive, parajes de sutilísimo erotismo, como en el bello poema Raya de luz de su libro Memoria del humo.



Con la palabra amor
se llega al paraíso
y por la misma puerta
se puede conocer el desencanto

La otra cara de esta moneda de amor se halla en el poema Los tiempos jubilosos de su poemario Las puertas de la hierba con una serie de poemas del amor gozoso. En nuevo territorio (Seattle) y con un nuevo formato, la poeta se lanza a pescar nuevas impresiones.
Curiosamente nacen, en esta etapa, poemas alegres y vitales: Y estoy alegre/ porque al final vencimos al invierno. Ha encontrado un rumbo distinto para afrontarlo en su discurso. Hoy vienes a mi alma/ para vivir allí/ como en tu propia casa dice esta voz distinta que se ha contentado y que ya no busca tanto las imágenes brillantes, sino, más bien, un límpido discurso de amor: Y aunque la piel se gaste/ yo quiero retenerte. Las escenas de amor de este poema brillan por directas: Qué pasa con nosotros/ que no podemos irnos de nosotros, llegando, inclusive, a la diáfana intención erótica en donde el paisaje y el lenguaje se desnudan en una poesía pura:

Con esta luna nuestra
se vuelve cada noche una cascada.
Con ella se iluminan mis renglones,
mis rosas de madera,
mis pájaros de nylon.

Llega inclusive a entregarnos escenas sugerentes de un amor total, concebido con la altura del lenguaje y no con fotografías detestables de erotismo barato:

Si como ayer de nuevo
me amaras al asalto
como esos locos ángeles prohibidos,
me condenara viva al fuego tuyo.

Sin embargo, el amor de Los tiempos jubilosos se consuma en el desarraigo. En el poema se deja notar que ese amor crece en otro espacio (Seattle), en donde ya no está el sabor de la patria amada, de la patria conocida, de la patria sentida desde niña: Son millas de paisajes,/ de cielos y arcoiris/ lo que separa mi alma de mi suelo...; Yo busco en estas calles/ las huellas escondidas de mi gente,/ esa perfecta línea de mi tierra...


VIOLETA Y LAS IMÁGENES SORPRENDENTES

Tal vez, la clave principal de su poesía esté en sus imágenes. Pocas veces, en una obra poética escrita en nuestro país, he hallado verdaderas joyas de imágenes sorprendentes. Su poesía está poblada de luminosas frases poéticas, en donde las cosas dejan de ser las cosas y pasan a materializarse en la lengua hasta grados de absoluta sublimidad estética.
No puedo dejar de mostrar una suerte de antología de dichas joyas que, en sí mismas, son poemas completos, universos sinestésicos. Imágenes de absoluto surrealismo con insectos que nos traen al recuerdo a aquel Carrera Andrade que miraba al mundo desde la ventana natural y se reafirmaba en el planeta jugando a los dados con nuevas imágenes y haciendo con la naturaleza lo imposible, lo perfecto.

Tal vez
debajo del somié que compartimos
se harían el amor las telarañas

***
Que canten en la tarde las hormigas
o exploten los tejados

***
Y siguen las arañas
tejiéndole pantuflas al silencio

Estas otras, en las que las flores, las frutas y los seres naturales juegan un papel transportador del discurso como lámparas de antigua mansión señorial:

Mirar en las ortigas
la blanca menstruación de la mañana

***
... tiemblo cuando el viento
ansioso hace el amor con las campanas.

***
pasaban los caballos
con las monturas húmedas de cielo.

***
y el capulí más alto
bebía el vino blanco de la luna


Y las imágenes en donde la voz poética se hace y se deshace, vibra en figuras abstractas que dejan ver las sensaciones de las cosas, esos no-seres, esas figuras internas que van demostrando los ánimos, las emociones, las pasiones:

***
Y creo que mi piel y nuestra piel
por todo lo gozado
no tiene otro final que el de la brasa.

***
Mi pelo parecía
un caballo de miel en la mañana

***
Es como si en la noche
la huella de los cuerpos estuviera
pegada a las paredes,
/.../
... toda esa humedad
que sale desde el tigre del olvido

EL SONIDO DEL MUNDO Y SU PREOCUPACIÓN SOCIAL

En su poesía se deja ver, también, una preocupación hacia la problemática del mundo. Sus textos son toda una suma de palabras humildes que rozan el pesimismo hasta convertirse en un canto enorme de tristeza. La tristeza y el desasosiego que traducen el mundo como un animal mítico que arremete. Y así, también, arremete ella contra el amor, contra los seres injustos, contra los corazones rotos, contra la sustancia de la vida. Y Violeta parece dejarse caer en un poema, como en un sofá en donde se hacen potaje los sueños tristes. La tristeza, como a Vallejo, la vuelve fuerte a ella y a su poesía inmortal:

No hay puerta para mí en ninguna parte,
son todas tan absurdas,
tan húmedas de lluvias estancadas,
tan llenas de hendiduras,
de rayas y de nombres oxidados,
de lodo y cicatrices.

LA POESÍA DE LA SENTENCIA

La poeta medita, sentencia y sella el círculo. Su discurso señala y enseña. Como que Violeta Luna busca en los dos lados de las verdades y luego, haciendo una síntesis de lo dicho, se reafirma en versos sentenciosos que resultan ser los pilares de su poética.

Hay algo que lo aplasta y lo remuerde,
hay algo que lo exprime hasta que sangra.
Al hombre es el amor quien lo destruye.

***
A veces una idea
se queda en cabeza y nos destruye

LA PARADOJA DE SU UNIVERSO AL REVÉS

La afición de Violeta por la utilización de la paradoja es notable. Nostálgicas y desenfadadas se presentan sendas contradicciones entre sus versos. Estas paradojas están condenadas a ser sentidas como palabra dura, pues se trata de irónicas reflexiones que en muchos casos llegan a convertirse en una suerte de humor negro, de chanza irónica que revitaliza al texto poético y despierta interés del lector, a través de un golpe eficaz que remueve la conciencia, como si se tratara de un terremoto en medio de una tranquila campiña:

***
Y han de quedar los cerdos
durmiendo en pergaminos y laureles

***
Qué pena haber estado
buscando un tiburón donde no hay agua



SU ENVIDIABLE CARRERA EN UN RESUMEN

La carrera poética de Violeta Luna es una de las más parejas y consistentes de la literatura. No ha habido un profundo desmayo ni un decaimiento en sus labores poéticas. Posiblemente el aire (1970), Ayer me llamaba primavera (1973) y La sortija de la lluvia son cuadernos repletos de poemas de amor doliente, decorados con ese bucolismo de pastor posmoderno. A lo largo de estos poemarios el ritmo interno de la poeta se va condensando hasta que se fija en un verdadero canto. Corazón acróbata (1984), un poemario triste pero firme dentro de la vanguardia generacional, y cuidado como joya de orfebre sesudo. Memoria del humo (1987) es, sin duda, su libro capital, donde el amor, la niñez y los recuerdos se encuentran. Todos los temas de Violeta se fusionan en este pequeño libro que, estoy seguro, pasará a ser un clásico de la poesía del Ecuador.
Las puertas de la hierba ((1994), el poemario ganador del Premio municipal “Jorge Carrera Andrade”, contiene poemas que se deberían a la Memoria del humo, además de un grupo de textos en donde la poeta describe varios lugares que ama y que recuerda a través de metáforas encendidas, como las que siempre nos ha tenido acostumbrados. En este poemario se halla el poema Los días jubilosos del cual ya se ha hablado.

SUS ÚLTIMAS PRODUCCIONES: EL CAMBIO DE FORMA Y EL REGRESO

Su último libro publicado individualmente Una sola vez la vida contiene una poesía directa, limpia de imágenes. Tanto la forma como el ritmo han cambiado en este nuevo hito de su carrera poética. La extensión de sus poemas se ha acortado (como ya notamos en su poema Los tiempos jubilosos). Ahora el poema es una composición dual de dos micro textos: el uno es una suerte de epígrafe que sirve de indicador, el otro, vendría a ser el discurso propiamente dicho. Los epígrafes escritos por la misma poeta son códigos que se transparentan cuando uno lee la segunda parte de cada uno de los segmentos que conforman el poema completo. Se trata de un discurso renovado en la forma y que aporta a la literatura ecuatoriana desde nuevos balcones.

Sin embargo, en su último cuaderno La oculta candela, el texto inédito de este libro, la volvemos a hallar, como en el principio: triste, cadenciosa, rítmica, formal y llena de imágenes. En este libro no encuentro un hilo conductor, sino un título que aglutina su última poesía en la que brilla el silencio de una voz tendida al sol que nos ha entregado uno de los más serios discursos poéticos de su generación.

***

Si me dieran a escoger entre unas guayabas verdes o amarillas, fragantes y vistosas y el universo entero, yo me quedo con Violeta Luna, con la brasa y el brillo de su poesía bucólica, triste y bella, yo me quedo con la fragancia delicada de su palabra que es, sin dudarlo, una las más bellas voces líricas de nuestro país.

Ni más ni menos.

* Texto introductorio del libro "Poesía junta" No. 7 de Violeta Luna, Quito, 2007.

jueves, abril 12, 2007

EL LIBRO CIRCULAR DE ALFONSO JARAMILLO

Estos micro cuentos de Alfonso Jaramillo son dignos de leerse. Tuve la suerte de presentar su libro. Aquí está el texto que leí aquela noche.

Alfonso Jaramillo Remache, nacido en Quito en agosto de
1972. Magíster en Derecho Comparado (Universidad de Bonn – Alemania), y
Licenciado en Ciencias Públicas y Sociales ( Universidad Central del Ecuador).
Colaborador de la Revista Quetzal en Alemania, ha publicado bajo el sello de
HJ-ediciones: Reloj de Arena (poesía); Día Murciélago (cuento); y, Libro
Sin Tiempo (cuento).


El maestro Julio Cortázar solía decir que la vida siempre jugó con él una fantástica aventura que él no pudo dominar ni controlar, sino que aparecía de manera gratuita, en lo que veía, en lo que sentía.
La vida es una fantasía según los ojos de quien la perciba.
Cortázar vivía la misma vida de cualquier argentino: comía, dormía, jugaba con sus gatos, escribía, crecía; en fin, nada fantástico; sin embargo, no sé por qué motivos de la sensibilidad, todo lo que él vivía (que no es, necesariamente, lo que él escribía) era una fantasía suprema.
En Cortázar se daba lo fantástico desde la cotidianidad. No eran recuerdos ni mágicos sucesos, ni hechos sorprendentes; era la vida diaria, la vida urbana de Buenos Aires, de Paris o de Bruselas. Que no es la vida diaria de Macondo o de Comala, por ejemplo, donde, allí sí, se produce un realismo mágico, extraído de una realidad que no vive un ser común de ciudad en esta época, o con esta tecnología; el ser anti anodino que camina por las calles nuestras, que tienen problemas de tráfico y smog. Que crece en la ciudad y para ella.
Esa fantasía real y cortazariana se me hace que sufren los personajes del libro que presentamos esta noche.
Pero no es solo esta fantástica fantasía (en este caso vale la redundancia aplicada); es también esa otra realidad doble, ese otro camino que no vivimos pero que parece existir al otro lado del espejo; así, como lo vio Lewis Caroll en Alicia y su país de maravillas. Y como lo inmortalizó Jorge Luís Borges, que además amaba tanto a Caroll.
Y, a propósito, Borges es uno de los escritores mimados de Alfonso Jaramillo. Recuerdo, a mi amigo Alfonso, hace muchos años, acercándose a las bibliotecas donde se hallaban los sabios volúmenes interminables del ciego maestro bonarense, y comenzar a espulgarlos, sabiendo que son libros que no acaban nunca.
Llevaba consigo y lo revisaba insistentemente y con emoción contenida a “El libro de arena” del ciego universal. El asombro del futuro escritor, por ese lado misterioso ya se daba a conocer, cuando Alfonso reconocía en Borges el ver y el no ver, la mancha del tigre de Bengala, el globo y el espejo, lo que no tiene fin, y sin embargo se podía ver íntegramente, el laberinto, la tomadura de pelo del tiempo, como aquel libro interminable y misterioso, o como él mismo Borges de joven y el otro, de viejo, encontrándose en alguna parte de la historia y del tiempo sin tiempo.
Cortázar y Borges, dos enormes maestros, parecen enfrentarse en estos cuentos de Alfonso Jaramillo. No, no es que sea influencia directa. Es seguimiento, encantamiento y coincidencia. Con estos ingredientes se podría hacer otro cuento del mismo Alfonso.
Los personajes de Jaramillo desconciertan, porque viven bajo una cara, que tiene una contracara. Es decir, viven dos mundos, dos dimensiones. Este es, sin duda alguna, el recurso obsesivo, el tema recurrente, el leiv motiv de los cuentos de Alfonso. Ese ir y venir, ese cruzar y volver, ese vaivén desconcertante que hace vivir dos caras, dos discursos fantásticos y provocadores, que entran de lleno en el misterio.
El uno siempre será el real; el otro, el inasible.
No es nuevo, pero en nuestra literatura si lo es, que la mente humana sea el personaje de Jaramillo para ilustrar la frustración de lo vivido en otras formas no concientes.
No quiero decir que este libro sea uno de cuentos de misterio y, peor aún, de terror, aunque hay un halo que perturba en los extraños gestos y movimientos de los personajes de Jaramillo. No son seres a lo Edgar Allan Poe, más bien se acercan a los macabros personajes creados por Hitchcock o por Quiroga. Solo que éstos, los de Alfonso, son tan hechos en Ecuador, tan nuestros, tan latinos, que producen más miedo, porque están más cerca de nosotros, se los huele cerca cuando uno camina por las calles, cuando uno sube a un bus, cuando uno se enfrenta a la parafernalia de la burocracia con algún burócrata corbatero, o cuando uno se mira en el espejo, y entonces comienza a pensar en el otro lado, en la otra cara, en el laberinto perfecto: la mente humana.
Imaginemos, pues, un hombre que solo puede mirar el mundo en rojo y azul, es decir, es más pariente de los toros, que ven en blanco y negro, que de los demás seres humanos.
O pensemos en un hombre que, enamoradamente, decide embarazar a su novia, dentro de un cartón de costura, en el que se zambullen como lombrices gelatinosas.
Usted acaso se ha puesto a pensar en un poeta que tiene que vivir varias veces la misma historia, teniendo plena conciencia de ello, y haciéndolo repetidas veces, por una obligación, por una ley de inercia, así como si fuera uno de los movimientos de la tierra.
Por favor, deténgase a analizar a un hombre que decide contar los granos de arena que ocupan su mano, debido a que, si lo logra, sabrá el número de estrellas que están a su alrededor.
Si comenzó a pensar en este tipo de personas, por favor, no se desgaste, lo hizo en vano, porque Alfonso Jaramillo, ha reunido en este libro a personajes como los descritos: únicos, irrepetibles (nadie va a atreverse a repetir en literatura personajes de ese tamaño imaginativo).
Aquí es cuando uno piensa que el escritor es una suerte de dios creador, porque crea a otros seres que, sin ser de barro o arcilla, viven mucho más –muchísimo más- que los de carne y hueso: los personajes de cuento.
Fíjense en estos otros ejemplos de personajes entre patéticos y misteriosos.
· Un hombre que observa a otros hombres, dentro de una oficina, y que a su vez es observado (es un circulo cerrado. Una especie de “Big Brother” empresarial).
· Mujeres que ven la vida al revés. Pero de verdad, es decir que las funciones coherentes de la naturaleza se vuelven incoherentes. Se desconectan de la realidad y van al otro lado de lo obvio. Imagínese a muñecos que piden de regalo niños para jugar con ellos.
· Hombres que sueñan en realidades que enseguida se vuelven sueños. Es decir que lo real, se vuelve inmaterial con una rapidez temible y asfixiante.
· Un hombre que vive en la realidad del espejo, es decir fuera de la realidad, pero sin embargo, esa realidad se refleja en lo vivido en la materia y no dentro del reflejo del espejo (esto no es un trabalenguas, es una síntesis de un cuento de Alfonso Jaramillo, con el fin de que nos demos cuenta de ese choque entre realidades).
· Un hombre que lee un libro en el que se está dando lo que el está viviendo en ese momento, es decir un hombre leyendo y sintiendo lo que siente el hombre en el presente material, que ya ha sido escrito. Imagínese que a usted en este momento alguien le entregue un papel en donde esté escrito que a usted le van a entregar un papel.
· Una mujer que vive una doble vida: la de la realidad material y una vida estática (la de una fotografía). Y lo más terrible es que la fotografía tiene mucha más vida que la mujer original.
¡Por favor! Lean este libro, trae tantas sorpresas, que uno queda compungido y asombrado.
Es el libro de la dualidad. Todos los cuentos del pequeño volumen tienen esta característica reiterativa de la doble función de vivir, el doble camino a seguir. La conciencia y la subconciencia (no la inconciencia). El perderse en el tiempo como problema filosófico, el no hallarse frente a la telaraña de la vida, del tiempo, de los ciclos cósmicos, de los misterios del hombre, más allá del amor, de la muerte y de la vida.
Acerquémonos más a los textos de Alfonso.
De los 26 relatos, todos cortos y contundentes, en ninguno hay un sola historia. Siempre se encuentran dos historias paralelas, que aparentemente son la misma, pero se bifurcan.
Son cuentos de finales fulminantes y diplomáticos, abiertos para ser cerrados luego de una socarrona bofetada irónica.
Alfonso tiene un corrosivo humor negro en su literatura. Un humor sagaz, con el que acostumbra a cerrar sus cuentos. Así, como el viento con las puertas débiles: un ¡plaf! Incontenible.
Seis de los veinte y seis cuentos tienen menos de diez líneas. Es decir, Jaramillo, le apunta a la síntesis. Y en muchos casos triunfa esa complicada micro historia que, a la manera de un soneto, nos dice todo.
El bello y terrible “Ratón ratón” es un ejemplo de nítida sencillez y síntesis. Un perfecto círculo vital. Además de un círculo urbano y hasta repulsivo, pero real y perfecto.

De estos pequeños cuentos, hay algunos que terminan siendo prosas poéticas como “Bajo el peso de tus labios”, que se pierde en la narración para llegar a la poesía.
Por cierto, en este libro hay buenos y encantadores vuelos poéticos que se confunden y mezclan con la narración coloquial y sencilla de la prosa de Alfonso Jaramillo. Fíjense en estas frases que a cualquier poeta le gustaría llegar:
· “Apenas nos posamos sobre los sillones, estiró la sábana lisa de su mirada”
· “Cada alarido se convertía en un animal distinto y agresivo, hambriento y desesperado”.
No hay duda. Son cuentos coloquiales, como los que se escriben hoy en día, pero con presencias fantásticas y no simples seres ahítos de modernidad y de desamparo, porque no todos estos cuentos son tristes, sino ambivalentes, híbridos, suenan lentos para las sensaciones.
Creo que este libro es el paso de mi amigo Alfonso para llegar a alcanzar un discurso absoluto y distinto, que es lo que todos los creadores queremos tener.
Es un gusto haber leído este “Libro sin tiempo” porque mientras uno lo está leyendo siempre aparece alguna sorpresa que nos deja asombrados, alumbrados, anonadados; así, como cuando uno mira largamente el cauce de un río, y de repente, como un aparecimiento, como un fantasma, como una sospecha, asoma sobre él una ramita seca, en la que una golondrina se posa a tomar agua, mientras se baña con el infinito.
Ni más ni menos.

miércoles, abril 11, 2007

El Libro de Franklín

Me gusta mucho el libro A cambio de monedas o palabras, de Franklin Ordóñez Luna, porque va directo como una flecha de oro a la carne de San Sebastián. Cada palabra es un latigazo hermoso, relámpagos de semen y de sangre, luz del que está en el precipicio del deseo en cada instante de su vida.
El tiempo parece detenido en la esquina del Tiempo, esperando un nuevo cuerpo para amarlo, para amarse en él. A pesar de que cita a muchos escritores que le precedieron en el canto al cuerpo al hombre, su poesía me parece más democrática, es decir, más participativa, porque su yo se disuelve en la carne del otro en la velocidad de un beso robado; robado al Tiempo, robado a la muerte, robado al discurso oblicuo sobre la homosexualidad.
Así, los poemas de Ordóñez, poseen la economía de lenguaje que nos merecemos (la Eternidad en un momento): una palabra imaginativa, fresca, real.
Todo el libro invita a ser leído mientras se hace el amor, entre un beso, un mordisco y la boca llena de esa carne que no sólo enamora sino que nos dice que en la intensidad de la vida, del presente, está nuestra verdad.

Dionisio Cañas.
Nueva York, EEUU.

* La fotografía es la gráfica del libro en la portada. El libro está publicado bajo el sello editorial EL ANGEL EDITOR, colección EL ANGEL TERRIBLE No. 8

Franklin Ordóñez Luna, (Loja, 1973) Licenciado en Ciencias Sociales Políticas y Económicas y en Lengua y Literatura (especializado en Filología Española por la Agencia Española de Cooperación Internacional).
En el 2001 publicó su primer libro de poesía: Mapa de Sal, (Colección Triformidad, Universidad de Cuenca) En el 2004 su segundo libro A la sombra del Corsario (Colección La honda de David, Universidad de Cuenca, Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, Alianza Francesa)
Trabajos poéticos suyos han sido publicados en revistas de España, México y Argentina.
Desde hace ocho años reside en Cuenca donde se desenvuelve en la docencia y el periodismo.

Los poemas de este mínimo poemario explosionan de un botón de rosa a una gigantesca flor remojada en el rocío de una verdad inconmensurable: el deseo.
El amor es solo un ventarroncito en medio de estos textos, de este huracán de piel, de estos sonidos transtextuales que nos remiten a otros poetas que ya han estado vibrando en la verdad de una pasión de amor controlada solo con el sonido de las palabras, con la precisión y el silencio de los fonemas más enaltecedoras, que vuelven a estos poemas mínimos un pozo de verdades. Y de misterios, también.
Franklín Ordóñez consigue en este, su tercer poemario, desnudar a la pasión de la carne y devorar, A cambio de monedas y palabras, es un libro que contiene todos los remanentes de la actual poesía: síntesis, música y silencio.
Es, ya, y sin dudarlo, una de las voces más extraordinarias de los novísimos poetas del Ecuador.



Al amparo del amor, libre e indefenso, muestro mis huesos.

***

No está en la piel,
son los árboles que crecen en los huesos,
las águilas,
mi voz que sangra tu olor y tus palabras.

***

Es un castigo, dice la Yourcenar.
Tú eres mi verdugo.


Manuel

Vale la pena haber nacido / sólo por oír pasar el viento, dice Pessoa;
yo prefiero las cadenas de tus labios,
tus manos como garras,
tu esperma por mi sangre.


Juan Diego

Refugiado en otros cuerpos levanto mi soledad.
Ya no te espero. Mi lengua ya no te busca.

lunes, abril 09, 2007

TEMPORADA DE OLMOS Y EROTISMO

Recuerdo, con tanta claridad, a la poetisa Victoria Tobar (Ambato, 1943), cuando, en alguna tarde, hablábamos de erotismo, y de sus manos goteaban poemas. Decía, pues, la citada, a propósito de la gran "corriente erótica" que se ha dado en el Ecuador, en lo que se refiere a la literatura, en las mujeres especialmente: "Para mí lo más erótico que he escuchado, se escribió hace mucho tiempo y está en la Biblia, en boca de Jesucristo, que dice: "Tomad y comed todos de él, que este es mi cuerpo... Tomad y bebed todos de él que esta es mi sangre...". El comentario me resultó, además de irónico y verdadero, muy oportuno frente a la falencia imperdonable de creer que la poesía erótica fue inventada por poetas ecuatorianas jóvenes.

El erotismo poético no es novedad. Salomón, uno de los más grandes poetas, escribe en "El Cantar de los Cantares", de la Biblia: "Me he desnudado de mi ropa; cómo me he de vestir? He lavado mis pies; cómo los he de ensuciar? Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado, y mis manos gotearon mirra, y mis dedos mirra, que corría sobre la manecilla del cerrojo. Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado; y tras su hablar salió mi alma...".

El Ecuador ha tenido poetas -y poemas- que se han inscrito realmente en el erotismo que sugiere, que explora el lenguaje, sin inscribirse en el dibujo de cuerpos y carne, que tanto mal ha hecho a las mal llamadas "mujeres del Eros" que no han descubierto el "agua tibia".

Aurora Estrada y Ayala (Guayaquil, 1901-1967), se dice, es una de las precursoras de este lenguaje, que más que erótico, es desnudo e impecable: "Es como un joven de la selva fragante/.../ en su carne morena se adivina pujante/ de fuerza y de alegría un mágico venero// Por entre los andrajos su recio pecho miro:/ tiene labios hambrientos y brazos musculosos...". Una gran influencia descriptiva de la gran Alfonsina Storni (Suiza-Argentina, 1892-1938), tuvo esta gran poeta para destapujar su canto lírico y desembocar en un dibujo de hombre antilírico y erótico. La Storni que tuvo -y tiene- su gran influencia en la poesía femenina de todos los tiempos, como lo tuvo Neruda en la época de los cuarenta y cincuenta, en el lenguaje y sensibilidad masculina (que, por cierto, se sigue discutiendo si el lenguaje es sexual). Alfonsina dice, por ejemplo: "...Tú, la mano perversa que me hieres,/ si aquello es tu placer, poco te basta;/ mi pecho es blanco, es dócil y es humilde:/ suelta un poco de sangre... luego, nada".

A partir de la década de los cuarenta, el tema del amor comenzó a tomar "cuerpo" -aunque en Ecuador, siempre es tarde-. Jorge Carrera Andrade (Quito, 1903-1978), y más tarde Enrique Noboa Arízaga (Cañar, 1922) con el "Ámbito del amor eterno" (1948), trabajaron un laborioso erotismo, digno de reconocimiento (el primero con tintes vanguardistas -algo tiene de poeta maldito: Valery, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud-; mientras que el segundo más clásico -sonetos de perfección consonántica y en ocasiones con tinte romántico y modernista).

Jorge Enrique Adoum (Ambato, 1923), con el reciente "El Amor desenterrado" (1993) se inscribe en un erotismo de canto hondísimo y extraordinaria labor lingüística y reflexiva, escribiendo en versos largos -casi griegos- líneas de una firmeza en el tiempo, que pareciera que el poema hubiese sido descubierto junto con los esqueletos de la península de Santa Elena: "Los amantes de Sumpa": "Y quisiera escucharle de cuerpo entero esas palabras/ que en la gramática de la anatomía se dicen desnudos y acostados,/ volviendo cotidiano lo imposible, desarreglando reglas/ a fin de que los dos puedan morir uno dentro de otro,/ haciendo angosta la cópula para que la tumba ocupe poco espacio,/ y no como morimos los demás, los todos que morimos solos/ como si nos acostáramos largamente a masturbarnos".

La generación de los sesenta irrumpe con la contemporaneidad, y sus escritos dejan de tener el polvo de la suculencia y el eufemismo. Hablan de un erotismo al que podríamos calificarlo "social". Un erotismo más libre y "pagano". (Rubén Astudillo y Astudillo, Cuenca, 1938, es una excepción, y se inscribe en el erotismo de este tiempo citado, con uno de los libros más bellos de nuestro país "Las elegías de la carne" (1971): "Tendida te recuerdo, como un charco de ron/ sobre la hierba, y todo el aire/ como una bocanada/ de chesterfield besándote. Donde/ estarás, ahora, Maligna/ entre/ que/ muros, guardas tus/ tragos lilas. Entre/ tanto/ camino, cual el que todavía/ conduce hasta la muerte/ dorada/ de/ tus piernas"). Sergio Román Armendariz (Guayaquil, 1934) con "Arte de amar" (1960); Euler Granda (Riobamba, 1935), con "De cómo tus piernas venían con nosotros" (1987), Simón Zavala (Guayaquil, 1943), con "Lascivos" (1991), que con estos libros quisieron adentrar su obra por pasajes -y paisajes- más profanadores -sin llegar a una innovación verdaderamente concreta-. El verdadero erotismo, en lo referente a la poesía, está en el lenguaje y no en el dibujo que el lenguaje proyecte. Iván Carvajal (San Gabriel, 1948) (con los poemarios "Los Amantes de Sumpa" -1984- y "En los labios la celada" -1996-), es uno de los poetas más prolíficos e interesantes de las últimas generaciones, que descubre su lenguaje y sensibilidad en pasajes seria y realmente eróticos: "...Y el sexo masculino/ báculo de la ceremonia/ árbol que se enfila hacia el abismo/ gavilán que desciende vertical/ sobre su presa/ asciende el humo/ desde el fogón del sacrificio/ alcatraz que se precipita...". Argentina Chiriboga (Esmeraldas, 1940), poeta y novelista, publica en 1992, "La contraportada del deseo", un libro con mucho de interesante en el tema, ya que la poeta retoma la magia y misticidad del pueblo negro, y los recrea en la poesía, creando atmósferas variables y gran ritmo: "En puntillas llego/ a la hamaca de los sueños/ donde Changó/ te diluye en deseos./ En este territorio/ de quietud/ registro/ tu enmarañada selva/ abierta para el tacto...".

En la nueva generación de escritoras -especialmente-, el lenguaje erótico, ha venido a ser un recurrente (desde niveles lingüísticos hasta niveles editoriales -se han publicado, en los últimos años muchos libros de poetas mujeres con este tipo de lenguaje, y algunos de dudosa calidad-). Será ésta una forma de liberación, como han dicho algunos? Acaso las mujeres han encontrado una nueva característica de femineidad?

Hay más nombres de poetas jóvenes, los cuales, en la segunda parte de este comentario, adentraré mi análisis, para ver que aporte nuevo nos traen la nueva generación poética: Margarita Laso, María Fernanda Espinosa, María Aveiga, Silvia del Castillo ("Mariposa"), Maritza Cino Alvear, Catalina Sojos, Carmen Váscones, Aleyda Quevedo, entre otras, que han intentado entregar, en sus libros, la desnudez de un lenguaje que sangra en el verbo (aunque no siempre puedan desnudar la palabra, y creo que solo así se pensaría en un erotismo lingüístico, con implicaciones corporales). Es decir que el tacto y el sentir corporal entre en el lector, como una nueva sinestesia, que se pueda sentir, que se pueda adivinar la textura y la clave de un amor, para bien de los demás y de la poesía, es lo que hay que buscar.